Columnistas

De lecturas y libros viejos
Autor: José Alvear Sanin
3 de Julio de 2013


La lectura de libros no está propiamente en crisis. Más bien está entrando en estado terminal. Aunque es verdad que los materiales impresos se multiplican, esto no quiere decir que sean leídos.

La lectura de libros no está propiamente en crisis. Más bien está entrando en estado terminal. Aunque es verdad que los materiales impresos se multiplican, esto no quiere decir que sean leídos. 


El internet diariamente inunda nuestro correo con infinidad de documentos no solicitados, buenos solo para descartar. Por eso agradezco a los amigos acuciosos sus interesantes mensajes, porque no soy navegante. 


Los internautas saltan nerviosamente de un tema a otro, archivan y envían, pero no tienen tiempo para leer. Y a medida que se suceden las generaciones, las nuevas digitan mas y leen menos. En fin, los ordenadores domésticos están llenos de archivos que reposan, esperando ser leídos algún día, mientras sus dueños incrementan el espacio de su memoria, almacenando por almacenar.


La migración del papel al archivo electrónico es inevitable, pero necesariamente no es perjudicial. Basta considerar los millones de árboles que salvan los computadores. El libro debería reservarse para lo que sea permanente, aunque debe anotarse que para las juventudes cibernéticas es muy difícil comprender la diferencia entre lo inmutable y lo efímero y difícilmente se encontrará entre ellos quienes se inclinen ante Homero, Dante o Proust. 


En los e-books se encuentran obras admirables, pero después de descargadas, ¿sí encontrarán lectores entre sus consumistas suscriptores?


Bueno, los libros impresos no tienen mayor futuro en la medida que vayan desapareciendo sus envejecidos propietarios. Pertenezco a la generación en vía de extinción que encuentra en las buenas lecturas su mayor placer. 


A lo largo de la vida hemos convertido nuestros ahorros en discretas bibliotecas que ahora nada valen. Solo el reciclador recibe los libros a la muerte del lector; y por mil libros pagará menos de lo que cuesta una sola novela. 


Antes, la suerte de los libros era menos dolorosa porque el librero anticuario los recogía. Luego recalaban en distintas bibliotecas y era motivo de orgullo mostrar de quién había sido antes un libro…


Para considerar la extinción del libro impreso basta pensar que no solo en los países antes lectores, como los europeos y los Estados Unidos, están desapareciendo las librerías y los anticuarios, porque eso mismo pasa entre nosotros. La más reciente víctima ha sido la magnífica Anticuaria de Niquitao. Nos estamos quedando sin librerías de viejo, aunque en algunos “agáchese” todavía se encuentran libros magníficos. 


No quiero extenderme en este luctuoso tema. Más bien quiero compartir con el lector los dos obras que esa semana han enriquecido mi biblioteca:


 1. Hace cuarenta años apareció el monumental tratado “De los Títulos Valores” de Bernardo Trujillo Calle, obra indispensable para abogados y jueces, para el sector bancario y financiero y para comerciantes e industriales. Como esos instrumentos hacen posible el funcionamiento de la economía, no existe en Colombia otro libro jurídico que sea tan necesario y conveniente. Lleva 19 ediciones, continuamente actualizadas. 


La editorial de la Universidad Autónoma Latinoamericana acierta con la reimpresión de la primera edición de 1973, sin revisión alguna. Desligada de la actualidad, esta bella edición adquiere especial valor bibliográfico, como testimonio del origen de una obra clásica. 


2. En los años de mi juventud se leía mucho teatro. Pronto me fascinó Henrik Ibsen, especialmente con “Casa de Muñecas” y “Un Enemigo del Pueblo”. La segunda me hizo comprender la hostilidad que despierta la revelación de los negocios oscuros de los gobernantes y las consecuencias de orden personal que sufren los denunciantes. Sin llegar al heroísmo del protagonista, el Dr. Stockmann, a quien la persecución y el ostracismo no arredran para continuar su valeroso camino, esa obra influyó indudablemente en mi trayectoria. 


Con alegría la encontré en el Pasaje de la Candelaria. Pocas veces 6.000 pesos han sido mejor empleados porque en todos estos años dicha obra no ha perdido vigencia ni agilidad. A mis lectores recomiendo ese formidable drama, una de las críticas más certeras de los mecanismos aparentemente democráticos de las “mayorías” con los cuales se manipula la opinión y se oculta la defraudación de los bienes públicos. ¿Y para qué hablar de Snowden?


***


¿Por qué cuando se busca un gran colombiano nadie recuerda a León de Greiff, Carrasquilla, Pedro Nel Gómez, Nicolás Gómez Dávila o la madre Laura…?