Columnistas

De los Braganza a los Lula
Autor: Sergio De La Torre
30 de Junio de 2013


Otrora, cuando se quería hacer mofa de alguien o algo, grande y silvestre a la vez, se le apodaba “Brasil”. El apelativo llegó a generalizarse entre los universitarios, por costumbre impertinentes.

Otrora, cuando se quería hacer mofa de alguien o algo, grande y silvestre a la vez, se le apodaba “Brasil”. El apelativo  llegó a  generalizarse  entre los universitarios, por  costumbre  impertinentes. En ese entonces nada marcaba mejor el contraste entre el tamaño y la fuerza, o entre  cantidad y calidad, que dicho país gigantesco, con 150 millones de habitantes, y donde, a despecho de su enorme riqueza natural, la indigencia rumbaba en el campo, y en las ciudades grandes, como Río, cercada de fabelas y tugurios. Abundaban, en cambio, el futbol y la zamba. Brasil era paradigma de todo lo bueno y  lo malo en el continente. Y el soporte de  los grandes  mitos y falsas verdades de que se nutrían las ideologías a derecha e izquierda. Aquí mismo, verbigracia, en tiempos de Belisario, por cuenta de su embeleco sobre los “agentes objetivos” de la violencia, entre sus seguidores  hizo carrera, como si de una revelación se tratara, la tesis de que la guerrilla era producto del abandono rural. Y muchos nos preguntábamos: si ello es así  ¿entonces por qué Brasil, que registra la misma o peor miseria que nosotros, no tiene subversión armada?  Los fabuladores nada respondían.


Un solo brote  guerrillero hubo en los años sesenta y no tardó en apagarse debido a la indiferencia de la población rural  entre la cual  operaba. No por la acción del Ejército, que lo dejó consumirse por sí solo. Era un grupo mediano de labriegos, encabezado por Juliao,  celebérrimo  líder agrario.


Brasil era el subdesarrollo  por antonomasia. De pronto despegó, y dio un tal salto que lo catapultó a las ligas mayores, gracias a la concurrencia de diversos  factores, a saber: la masiva inversión extranjera, el hallazgo de petróleo y otros minerales estratégicos, una política exterior bien pragmática, abierta y sagaz (que aquí nunca tuvimos, a propósito, por lo cual cada medio siglo los vecinos nos recortan las aguas o el territorio), secundada por una diplomacia profesional. Y, últimamente, la gestión afortunada del centro-izquierda de Cardozo, seguida de la más atrevida y vistosa (en la superficie, al menos) de Lula. Un quinto de la población, sustraido a la pobreza,   entró a una vida digna y productiva. La clase media creció en volumen y presencia activa, y la democracia tomó cuerpo. Sin los desvíos y restricciones que la pervierten en el vecindario, se volvió una realidad palpable y accesible, mal que bien, a quien quisiera aprovecharla


Mas en Brasil no todo es tan real y genuino como parece. Una cierta especificidad hace  de  sus gentes  algo distinto al resto en Latinoamérica. Los brasileros son  abúlicos, desganados  para la política, a diferencia  de nosotros, por ejemplo,  que sí nos interesamos, pese a nuestra crónica abstinencia electoral. La imagen que ellos ofrecen es la de un pueblo conforme con el estado de cosas existente, e incluso agradecido con el relativo confort de que goza, de un tiempo acá. Embriagado además con sus hazañas futbolísticas y entregado a los rituales y alegrías del carnaval  infaltable. Mas, por lo visto, los meros pies que meten goles  e inician la  danza  no bastan para colmar a los jóvenes que hoy irrumpen ,como avanzadilla de tanta gente ya incorporada a la civilización gracias al internet y otras herramientas que se le brindan al hombre actual para sacudirse del aislamiento y la modorra. Se trata de un  súbito despertar a la participación política, ejercitada en la calle, que  es espacio para la fiesta, pero también para la gazapera y la protesta. El recurso al socialismo fácil, improvidente, declarativo, ya se agotó. Hoy no  sirve para excusar errores, extravíos  ni costosas  liviandades. Como, digamos, el despilfarro en vanos y  pasajeros eventos deportivos internacionales. Ningún pueblo ha podido  vivir, espiritualmente, solo del deporte. Ni siquiera los griegos, que inventaron las Olimpíadas.


El síndrome del “nuevorico”, que afecta a individuos, grupos y naciones, es inconfundible: ropaje y aires de advenedizo recién llegado a la opulencia cuando, como en el caso de ciertos países, pese a los avances logrados falta mucho para ponerlos en pie y asegurar su estabilidad. Por esa ruta engañosa  se va llegando a la crisis del sur de Europa, signado por un falso bienestar, que siempre consistirá en aquello  contra  lo cual en su hora  nos  prevenía el presidente López Pumarejo: la “prosperidad  a debe”.


No basta pues con comer más y vivir mejor. Se impone recortar las distancias y la brecha social, que es lo que ofende y subleva, más aún que la escasez y las penurias. Tanta pompa, vanidades y estadios monumentales son caldo de cultivo para el estallido. Y lo que hoy nos ocupa y preocupa  viene de atrás: recordemos que hasta un Imperio se dieron el lujo de tener ellos, con Monarquía  prestada de Portugal, la de los Braganza, que reinó durante casi todo el siglo XIX y no dejó sino reblujos, nostalgia y el gusto por lo suntuario y el relumbrón, a juzgar por lo que ahora presenciamos  con sabia, compasiva tristeza de hermanos pobres, pero tal vez mayores.