Columnistas

El Cesar, todo por nada
Autor: Bernardo Trujillo Calle
29 de Junio de 2013


¿Quién podría calcular los nefastos resultados de la minería del carbón desarrollada en el Cesar?

¿Quién podría calcular los nefastos resultados de la minería del carbón desarrollada en el Cesar?  El maravilloso departamento por el cual el presidente Alfonso López Michelsen luchó hasta su muerte, creado por su iniciativa y su primer gobernador, está pasando por una situación de penuria que se vino como una maldición sobre sus gentes que ahora se arrepienten de haber consentido y hasta solicitado la llegada de las multinacionales empresas explotadoras del carbón que lo extraen, transportan y comercializan con grandes utilidades sin dejar para la región, para los propietarios de estas tierras más que ruina, enfermedades, desarraigo.  Desarraigo que es un despojo así se le oculte bajo el eufemismo de negociación consentida, ecuación esta imposible por falta de simetría, dadas las condiciones sobre las cuales se realiza, y la abismal distancia que separa a las partes en el pírrico contrato.


La llamada “locomotora de la minería” con la cual el Estado pretende realizar grandes obras de infraestructura y solucionar las debilidades de caja, ha venido a ser a la postre el más perverso trato que no alcanza ni medianamente a pagar los daños que se le causan a los habitantes de esas regiones, ni a compensar el desastre ecológico sobreviniente cada vez que las grandes maquinarias ponen a flor de tierra el preciado mineral.  ¿Qué porcentaje de las utilidades recibe el Estado y que proporción de éstas se destina a aliviar las miserias que deja esa explotación? Los gobernantes deberían primero poner su mirada en las precarias condiciones en que van quedando los nativos del Cesar, su pobreza, sus enfermedades, sus traumas sicológicos por la migración forzada.


El informe de la periodista Tatiana Escárraga publicado en El Tiempo (23-06-2013) es desgarrador y saca al primer plano lo que debería ser un debate público sobre las ventajas o desventajas de esta clase de minería agresiva contra el medio ambiente, que se traduce al final de cuentas en un cambio de salud y vida por cualquier suma de dinero.  “En Colombia la gente no dimensiona los efectos de la minería.  Lo que tenemos por delante es un panorama dantesco.  Apocalíptico”, dice el geólogo y contralor delegado para el medio ambiente, Mauricio Leal.  Y a fe que lo dice sin cálculo ni provecho personal.  De esto han hecho oídos sordos los sucesivos gobiernos que, por supuesto, sus relamidos funcionarios no tienen sus predios, ni sus casas en Jagua de ibirico, Boquerón, Plan Bonito o el Hatillo, centros del desastre.


Pero es que tampoco las regalías llegan más allá de los bolsillos de una clase política corrupta e insaciable.  Los miles de millones recaudados en los últimos años se han esfumado sin cumplir ningún servicio en la región, de lo cual tienen conocimiento las autoridades, los organismos de control.  Entre tanto, la pequeña ganadería desfallece, las aguas se contaminan o extinguen, la pesca y los cultivos, lo dice el mismo informe, corren igual suerte.  La conclusión es obvia:  ¿se la podrá llamar con justicia “locomotora de la minería” a este desplazamiento forzado de humildes campesinos de sus pequeñas parcelas de una de las más promisorias tierras del país?


Se impone proteger la agricultura de pan coger: yuca, plátano, frutales, maíz, algodón y los pequeños hatos de ganado en manos de los labriegos.  Tierra titulada con asistencia técnica y dinero a bajas tasas de interés, servicio de salud y seguridad personal de policía que los defienda de los atropellos de terratenientes avaros y codiciosos. Es un deber de justicia del gobierno Santos o de cualquiera otro que llegue. Nada de eriales contaminados, invivibles e improductivos que no le hacen justicia a esa pacífica población.


Que conste que no soy, ni de lejos, persona de aquellas que no faltan anualmente a los festivales vallenatos, invitados por los ricos ganaderos a sus mansiones del parque, cerca de la tarima de “Francisco el Hombre”.  La creme bogotana de los López, Samper, Santos y, últimamente, de una cola interminable de rastacueros, son los habituales huéspedes de la alegre Valledupar.  Estos nada tienen que ver con la miseria que padece el pueblo del Cesar víctima de una trágica “locomotora”.