Columnistas

46 millones de constitucionalistas
Autor: José Alvear Sanin
26 de Junio de 2013


In illo tempore escuché a un señor que luego llegó a consejero de Estado la siguiente reflexión: “Si el buen gobierno dependiera de las Constituciones, Bolivia, que lleva 153, sería el mejor país del mundo, y Gran Bretaña el peor

In illo tempore escuché a un señor que luego llegó a consejero de Estado la siguiente reflexión: “Si el buen gobierno dependiera de las Constituciones, Bolivia, que lleva 153, sería el mejor país del mundo, y Gran Bretaña el peor, porque ni siquiera tiene una Constitución escrita”. 


Tienen razón los de las Farc cuando proponen una Constituyente, porque ellos saben del poder desarticulador de una reunión de ese tipo.


La de 1991 nos trajo multitud de males: elección de alcaldes y gobernadores, semifederalismo, multiplicación de poderes autónomos dentro del Estado, jurisdicciones indígenas, privatización y extranjerización de los servicios domiciliarios, clientelización de la rama judicial, Corte Constitucional desbocada y usurpadora de lo legislativo, para citar solo lo más nocivo que salió de esa caja de Pandora.


Lo preocupante es que, como Colombia está habitada por 46 y pico millones de constitucionalistas, todo es posible. El taxista, la manicurista, el deportista, el dentista, el jardinero, el mafioso, el terrorista, opinan continuamente sobre la organización del Estado. Nada, ni siquiera el fútbol, apasiona más a nuestros compatriotas que ese tema. Basta contabilizar las Constituciones del siglo xix y las 37 reformas de la Carta del 91 para darse cuenta de la amplitud de la pandemia.


Es difícil, pero no imposible, empeorar el farragoso ordenamiento de 1991. Poco a poco van aumentando los proponentes de una Constituyente, como si de una reunión desordenada pudieran venir la paz y la prosperidad. Guerrilleros, varios uribistas, algunos columnistas y Sigifredo López, creen en los poderes mágicos de las Constituyentes para solucionar los problemas con “articulitos”, en un país donde pocos aceptan que las transformaciones positivas proceden solo del trabajo, la educación y la búsqueda sin demagogia de la esquiva justicia social. 


Y hablando de justicia social, es intolerable que los grupos que han retrasado nuestro progreso con guerrilla, vacunas, secuestros, voladura de infraestructura, reclutamiento de niños y masacres, aparezcan ahora como cándidas víctimas que se ofrecen para orientar y guiar al pueblo hacia un futuro feliz. 


Aunque el presidente rechaza la Constituyente de las Farc, no debemos sentirnos tranquilos, porque a continuación afirma que la Constituyente es el fin, no el comienzo. Es decir que tampoco la excluye definitivamente, porque en él también anida el morbo constituyente que infecta la generalidad de los ciudadanos…


Mientras más se apacigüe verbalmente a la subversión, con mayor osadía multiplicarán sus propuestas sibilinas en melifluo lenguaje, y en creciente medida corremos el riesgo de deslizarnos hacia concesiones innecesarias, inútiles e imprudentes.


La lucha contra la corrupción y las urgentes reformas que requiere el país en materia de justicia tributaria, eliminación de la intermediación financiera y del ánimo de lucro en el sector salud, reforma agraria, reindustrialización, eliminación del poder abusivo de la usura bancaria, etc., no deben aparecer como dictadas por la subversión, porque son exigencias éticas que pueden materializarse dentro de la normalidad institucional, sin necesidad de jugar con fuego. 


Aun habiendo perdido tanto tiempo, el gobierno debe recordar la lección de Bismarck, en el sentido de crear una sociedad donde la prédica revolucionaria no tenga sentido. 


En resumidas cuentas, la claudicación ideológica no va a poder perpetuar el injusto estado de cosas actual, pero, en cambio, puede facilitar el camino a quienes quieren llevarnos a una situación como al de Venezuela, donde el remedio ha resultado peor que la enfermedad.


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“Nada alegra mas al burgués que la revolución en la casa del vecino”. Nicolás Gómez Dávila