Columnistas

Los inmigrantes carne de cañon
Autor: Rodrigo Zuluaga
19 de Junio de 2013


Inmigrante es aquel hombre o mujer que inmigra, que trata de establecerse en país distinto al suyo, donde deberá acomodarse a modos de vida diferentes, otra religión, otra comida, otro vestuario, otra música, otra cultura.

Inmigrante es aquel hombre o mujer que inmigra, que  trata de establecerse en  país distinto al suyo, donde deberá acomodarse a modos de vida diferentes, otra religión, otra comida, otro vestuario, otra música, otra cultura. Todos los países del orbe en el siglo XXI se quejan de problemas de inmigración y en muchos de ellos los inmigrantes son perseguidos, maltratados, se les  desconocen sus Derechos Humanos.


Sin duda la inmigración ha transformado en parte algunos países, en la sociedad española ha creado fisuras en las definiciones identitarias, por el avance de otras razas, culturas y religiones portadas por quienes llegan a establecerse.  Lo que no sucede en los EE.UU donde una cultura  sólida y excluyente, rechaza y crea barreras para hacer imposible la vida del extranjero.


Nunca antes como ahora  los inmigrantes en todo el mundo están en el ojo del huracán y son carne de cañón de los gobiernos afectados por esa avalancha humana. Frente a la injusticia de ese mal tratamiento que sufren los ciudadanos en el exterior, dijo el escritor J. L. Borges,  ¨el hombre ante todo debe ser un ciudadano del mundo en vez  que de una sola nación¨.


Esa tragedia cotidiana que sufren millones de personas que abandonan sus patrias en busca de un mundo mejor, de un edén, de un paraíso,  se encuentra siempre caldeado por las circunstancias tristes de la condición humana.


Supe de un hombre que fue a trabajar  a uno de los países del primer mundo y todo centavo que consiguió durante años laborando de sol a sol, doblándose en las jornadas de trabajo, sin dormir una sola noche completa. Todo ese dinero maldito que consiguió, esos dólares verdes como el pasto verde, destilaban sudor por todas partes, esos billetes religiosamente los mandaba a su familia para que se los guardaran y con ese dinero acumulado  salir de pobre.


Pero la sorpresa más triste se la llevó cuando regresó ansioso y entusiasmado de su periplo de inmigrante, volvió a recoger su dinero ese que lo sacaría de la pobreza, y cuál sería su sorpresa al no encontrar nada, ni un solo peso. Encontró solo disculpas, que la situación del país, que lo económico, que la vida dura. Que esa plata no alcanzaba, que todo se gastaba muy rápido y que no se pudo ahorrar nada. Que fue, que fue,  que fue. Y del dinero nada.


Aquel hombre enfundado en su  tristeza y desesperación encontró una razón para no volverse loco,  decidió  volverse un billete verde y pasajero, de esos que van de mano en mano, para llegar a todas partes y al mismo tiempo a ninguna.  Prefirió morir  como mueren todos los billetes, así sean de los verdes, los de puro dólar: ajados, manchados, viejos y malolientes, pero tranquilo en su propia casa.