Columnistas

Zombifuncionarios, democracia y microcorrupción
Autor: David Roll
13 de Junio de 2013


Es muy positivo que salgan a la luz los grandes escándalos en diferentes sectores del Estado colombiano y que tengan consecuencias jurídicas, administrativas o sociales.

Es muy positivo que salgan a la luz los grandes escándalos en diferentes sectores del Estado colombiano y que tengan consecuencias jurídicas, administrativas o sociales. La pregunta es si esto es una excepcionalidad o la punta del iceberg, y si de estos altos cargos hacia abajo hay más o menos abuso indebido de funciones públicas. La respuesta contundente es que la corrupción no está generalizada, aunque los medios digan otra cosa, porque de otra manera el sistema democrático sería inviable y el Estado se paralizaría. La mayor parte de los miles y miles de funcionarios públicos, electos, nombrados, contratados o por cooptación (las cortes), son personas como usted o como yo, quienes cumplen con su deber siguiendo las reglas. Piense en la funcionaria promedio colombiana que se levanta temprano, organiza el desayuno, planea el almuerzo, despacha a sus hijos al colegio y sale a contra reloj a enfrentarse con el caos vehicular y del transporte público matutino, para llegar puntualmente a su sitio de trabajo, impecable como si fuera a un matrimonio, y encima sonriendo, aunque la infraestructura laboral no sea la mejor, ni sus compañeros lo suficientemente amables. Luego tiene que ver cómo cumple las ambiciosas metas de sus jefes con presupuestos reducidos, para volver a la tarde a su casa a hacer la comida, ayudar en las tareas, solucionar imprevistos, etc. Y entonces, ¿dónde está la corrupción? ¿O no existe? Claro que existe en grande, pero también en pequeño. Los microcorruptos son unas especies de zombies que están entre nosotros, camuflados, como los personajes de las películas de terror, y en todos los niveles de la administración, aunque por fortuna son una minoría. ¿Cuál es la prueba de su existencia entonces? Hay una contundente: las quejas no escuchadas y las denuncias no atendidas. Si los funcionarios (honestos) de organismos de control interno o externo de las entidades, o los altos directivos de las mismas (probos), se dieran a la tarea de revisar concienzudamente las quejas que diariamente presentan los funcionarios o ciudadanos para denunciar abusos de poder por parte de quienes tienen cargos de decisión, descubrirían que existen sin duda minicarruseles bien articulados, conspiraciones casi de cocina pero peligrosas y zombi-funcionarios que compensan su incapacidad de producir resultados con la habilidad para tejer redes de influencia y repartir beneficios entre los asociados de facto de estas semidelictuales cofradías. ¿Si son minorías, entonces porque logran mantenerse? Una de las explicaciones es la debilidad de las estructuras jurídicas de los mecanismos de control y de justicia. La otra es que la mayoría de los funcionarios están tan ocupados haciendo que las cosas funcionen bien en medio de limitaciones, que si invirtieran el tiempo en perseguir a estos zombies su productividad laboral se vería afectada y eso va contra sus ideales de eficiencia. Pero la principal es que quienes tienen la autoridad para frenar estos abusos no lo hacen por no enfrentarse con esos micropoderes de facto, lo que en el fondo es desidia moral. Por eso escuchamos de funcionarios despedidos por no hacer algo indebido pedido por sus jefes, y que pasan años gestionando sin éxito sus reclamos ante organismos de control y tribunales, por citar sólo un caso reciente denunciado por un lector. Lo peor es que el silencio cómplice o cobarde de investigadores naturales y la indiferencia de los no afectados directamente hace que esos zombies de la microcorrupción aumenten en vez de disminuir, con riesgo de generarse una epidemia imparable al estilo de esas pésimas películas de muertos vivientes. Colombia puede estar por fin llegando a un acuerdo de paz duradero y convirtiéndose en una economía de mostrar, pero eso de nada servirá si no inventamos fórmulas para defender la meritrocracia del abuso de unos pocos en el día a día de la administración de lo público. ¿Qué puede hacer usted por ahora, si no tiene el poder o la valentía de enfrentar a esos ridículos pero nada inocuos monstricos vivientes infiltrados en el Estado? Sólo una cosa de momento: Por lo menos no se convierta en uno de ellos, o dicho en términos gráficos y cinematográficos de este decadente cine: ¡No se deje morder!


Profesor Titular Universidad Nacional