Editorial

TLC sin esperanzas
6 de Junio de 2013


El Ministerio de Comercio Exterior está en mora de contarle a los colombianos por qué su apresuramiento en firmar un innecesario acuerdo de libre comercio con un país que ha demostrado carecer de interés por construir relaciones de reciprocidad

El ministro de Comercio panameño, Ricardo Quijano, anunció el pasado martes ante la prensa internacional, la suscripción, el viernes 31 de mayo, del Tratado de Libre Comercio con Colombia, firma con la que terminó un proceso que en sus inicios se caracterizó por una apertura que permitió discusiones abiertas en las que participaron empresarios y analistas de ambos países pero que en su último tramo se negoció atendiendo el interés de Panamá por sumarse rápidamente a la Alianza del Pacífico. El acuerdo fundamenta su éxito actual en la prudencia y paciencia que tuvieron sus forjadores para establecer reglas claras para la corresponsabilidad en las decisiones y la correspondencia en las acciones, pero nosotros que hemos sido defensores de los TLC entre países con economías complementarias, declaramos aquí nuestras reservas.


Los argumentos sobre los beneficios que Colombia podría obtener de un mercado que se dice amplio y con capacidad de compra para nuestras empresas, no son suficientes para convencer a dinámicos sectores colombianos como el textilero, el confeccionista o el del cuero y el calzado, de que este acuerdo comercial puede traerles más posibilidades de crecimiento y desarrollo, que riesgos de invasiones indeseadas. En efecto, creer que la sola exigencia de “denominación de origen” para los productos que Panamá exportaría a Colombia podría contener el movimiento de un mercado negro que los expertos calculan en US$7.000 millones anuales, tiene tal nivel de desproporción que solo se explica en un extraño afán colombiano de sumar miembros a la Alianza del Pacífico.


Contrario a la esencia misma de los tratados de libre comercio, herramientas que buscan formas de superar las fronteras para unir comercialmente a los pueblos, la ley del embudo panameña, que ahora parece encontrar en la Alianza del Pacífico una nueva oportunidad para sacar mayor provecho del Canal, el puerto libre y los bancos libertinos, ha quedado en evidencia a lo largo de decisiones obstruccionistas que mantienen a América como el único continente aislado del mundo y a países cercanos, con grandes posibilidades de construir conjuntamente, como territorios extraños. Es Panamá, no otro país, el que ha convertido a la región del Darién en una cortina de hierro impenetrable para el desarrollo, la equidad y las oportunidades. 


Excusas ambientales y de una supuesta protección a las etnias del Darién les han servido para impedir la terminación de la Carretera Panamericana, obra que precisamente daría oportunidad de garantizar una eficiente protección del Estado a las comunidades y a la riqueza natural; las primeras sometidas a la pobreza, el atraso y las presiones de los criminales, y la segunda a las talas de los contrabandistas de madera, las siembras por narcotraficantes y los caminos del contrabando de toda laya.


Otro ejemplo contrario al deseo de superación de fronteras está en la interconexión eléctrica regional, que a pesar de figurar como una de las prioridades del Plan Puebla Panamá, ser apoyado por el BID como estrategia de desarrollo integral para la región entre el sur de México y Colombia, y contar con el respaldo del Gobierno estadounidense, que ha llamado la atención sobre la necesidad de dotar a Centroamérica de energía confiable para garantizar su desarrollo y su competitividad, el Gobierno de Panamá interpuso recientemente excusas financieras para bloquear el proceso de integración eléctrica entre los países, acordado previamente y en plena marcha. Hoy, ese interesante proceso de integración se encuentra suspendido.


 La fuerza con que Panamá impone obstáculos a las posibilidades de Colombia y los otros países americanos para conectarse y generar opciones de desarrollo, no se compadece pues, con las concesiones acordadas en este nuevo TLC y es por ello que el Ministerio de Comercio Exterior está en mora de contarle a los colombianos por qué su apresuramiento en firmar un innecesario acuerdo de libre comercio con un país que ha demostrado carecer de interés por construir relaciones de reciprocidad con Colombia, que propicien consolidar una hermandad sólida entre quienes tienen la opción histórica de abrir los caminos de las  interconexiones de los pueblos de América en pro del desarrollo común, no del de uno solo de los países.