Editorial

La solicitud a la Otan
5 de Junio de 2013


Al pa韘 le urge contar con aliados internacionales con los cuales compartir informaci髇 y conocimiento en seguridad y cuyo apoyo sirva como necesaria barrera protectora en momentos de crisis.

Con las aclaraciones del ministro de Defensa, doctor Juan Carlos Pinzón, sobre la aspiración de Colombia a ser asociado, no miembro, de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, Otan, el Gobierno Nacional ha logrado precisar los términos de una aspiración que es coherente con la trayectoria democrática y la situación de seguridad del país y útil en perspectiva de lo que podremos aprender de las democracias más sólidas del mundo, en los campos de seguridad y lucha contra el terrorismo. Si podemos compartir información sobre nuestros éxitos en la lucha contra el narcotráfico, como ofrece el Gobierno Nacional, más bienvenido será el acuerdo. 


Ante la confusión generada por las declaraciones del presidente Santos sobre esta aspiración, que abrieron camino a la alharaca de los presidentes Maduro, Ortega y Morales y cerraron el de las explicaciones necesarias al pueblo colombiano, confiamos en que el sistema de comunicaciones del Gobierno Nacional reconozca la importancia de usar con mayor exactitud los términos que permiten variadas interpretaciones, la mayor parte de ellas contrarias al querer del emisor.


La Alianza del Tratado del Atlántico Norte, Otan, fue la respuesta de los países democráticos al Pacto de Varsovia, tratado militar dependiente de la Unión Soviética. Hoy reúne veintiocho naciones del Primer Mundo que comparten valores democráticos y férreos principios sobre defensa. Además, en torno a ella convergen 42 países asociados, entre los que se cuentan Irlanda, Japón, Australia, Corea, con los que comparte información y desarrolla proyectos estratégicos. Esa es la posibilidad que, según el Gobierno, busca Colombia. Dado su carácter democrático, la izquierda, que en América Latina no cayó con el Muro de Berlín, se ha encargado de satanizarla distorsionando su rol en defensa de la democracia allí donde está en peligro o ha sido conculcada.


Así hayan bajado el tono de sus declaraciones, las amenazas de los presidentes de Venezuela, Nicaragua y Bolivia demuestran que al país le urge contar con aliados internacionales con los cuales compartir información y conocimiento en seguridad y cuyo apoyo sirva como necesaria barrera protectora en momentos de crisis. Situaciones como la inseguridad en las regiones de frontera con Venezuela que referimos en nuestro editorial del pasado 25 de mayo, “Miedo en la frontera”, confirman que también es urgente tener el apoyo logístico, técnico y de formación de las tropas, que puede ofrecer una organización madura y estable como la Otan.


Por otro lado, aunque ha dejado de ser una preocupación para el país y para la comunidad internacional, la carrera armamentista de Venezuela avanza a pasos agigantados. Según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo, creado y financiado por el Parlamento de Suecia –-a quien nadie puede tildar de pro-yanqui-, mientras el mercado mundial de armas entre los años 2007 a 2011 creció 24 % en relación con el período 2002-2006, las compras de armas de Venezuela en ese período crecieron en 555 %. Entre los materiales adquiridos por un país que tiene paz interna y carece de razones para temer amenazas externas, se cuentan tanques, buques militares, aviones de combate, misiles.


Ante ese despliegue armamentista, el gobierno de Colombia tiene el deber de buscar aliados que le permitan mostrar que no estaría solo en el momento en que el vecino intente agresiones en contra suya. Dado que el doctor Santos cometió el gravísimo error de renunciar al apoyo acordado con el gobierno estadounidense para el fortalecimiento de las bases militares colombianas con apoyo de ese país, que podría usarlas para actividades no ofensivas, es preciso buscar otros apoyos y ¿quién no sino la Otan?


En ese orden de ideas es lamentable la actitud timorata que el Gobierno Nacional ha mostrado en las últimas horas ofreciendo aclaraciones que no está obligado a dar y perdiendo la oportunidad de retomar la dignidad en sus relaciones con gobiernos que no acatan los principios de respeto por la soberanía de los pueblos. Si algo se debe sacar de este incidente es la demostración de que Colombia no depende en sus relaciones internacionales de la alianza de países sostenidos con el petróleo venezolano.