Columnistas

Dramas de pareja
Autor: Rodrigo Zuluaga
5 de Junio de 2013


Existe una enconada tendencia en nuestra sociedad a disfrutar del drama que viven personas que se encuentran en una encrucijada, en una sin salida amorosa.

Existe una enconada tendencia en nuestra sociedad a disfrutar del drama  que viven  personas que se encuentran en una encrucijada, en una sin salida amorosa. De eso da buena cuenta el interés que han despertado en el pasado y despiertan hoy parejas como: Romeo y Julieta, Abelardo y Eloísa, Marco Antonio y Cleopatra, Adán y Eva, Ulises y Penélope, Napoleón y Josefina, Sansón y Dalila, Dante y Beatriz, Salomón y la Reina de Saba, Calixto y Melibea, Don Quijote y Dulcinea,  y otras que usualmente pueden verse  por Cine y T.V. 


El drama de estas parejas en diferentes circunstancias ha sido llevado a  escena,  con  obras que tienen como centro situaciones conflictivas al límite de la desesperación o de la congoja. Y eso interesa más que los dramas colectivos,  el teatro épico o los problemas históricos de la geografía mundial,  llama más la atención los problemas cotidianos de las parejas, los problemas de cocina, los de alcoba, las infidelidades, los complejos de Edipo, de Electra, el consumismo, lo económico.


Subyuga emocionalmente a una porción importante de nuestra sociedad el ver  los males y las tragedias ajenas, tal vez por su parecido a los propios problemas domésticos, los derivados de la sociedad de consumo, los mitos religiosos. Todas las obras con estos  temas   donde se programen siempre tienen llenos completos y largas temporadas de presentaciones, mostrando  el  gusto por los asuntos del sentimiento, el gusto por los problemas de aquel y aquella.


Pero ese interés por las cosas de la pareja es una afición ¨voyerista¨, un deseo morboso de que sean compartidas ciertas intimidades, esas que emocionan  a  los que están mirando  con fruición, con sentido de averiguar más, de saber más, de llegar hasta el fondo de las cosas íntimas de los  otros. Eso se ha venido llamando últimamente “el voyerismo telespectador”. ¿Por qué será que  somos tan proclives a velar, a ser testigos de los amores, las traiciones, las venganzas, los odios, las reconciliaciones de  otras parejas?


Incluso hay  estaciones de radio que ponen al aire los problemas de  personas desengañadas, especialmente mujeres que cuentan al desgaire sus intimidades. Y hay público, mucho radioyente para esos episodios. En los buses de servicio público se oye ese tipo de dramas humanos sin que los pasajeros puedan hacer nada por salirse de ese enfoque voyerista.


A dónde nos llevarán estas prácticas que dan muestra de la poca solidaridad que tenemos frente a los otros. Sin mirar alternativas que pueden significar una respuesta: invertir en la formación de niños y jóvenes para eliminar las taras sexuales, propender por un enfoque nuevo del cuerpo, no el culto ciego al cuerpo, escoger el diálogo como medio para las soluciones. Algo característico de la sociedad actual es querer saber mucho de los demás eludiendo los propios problemas.