Columnistas

Miniatura del bosque soberano
Autor: Anibal Vallejo Rendón
4 de Junio de 2013


“El apicultor Warwick Kerr suponía tener buenas razones cuando llevó veinte abejas africanas reinas a su Brasil nativo, hace nueve años.

“El apicultor Warwick Kerr suponía tener buenas razones cuando llevó veinte abejas africanas reinas a su Brasil nativo, hace nueve años. Aunque se sabe que es feroz, la reina africana produce un 30% más de miel que las abejas italianas o alemanas que por largo tiempo han dominado la apicultura brasileña. Además, Kerr planeaba cruzar sus abejas africanas para producir una abeja más mansa. Lo que consiguió, en lugar de esto, fue una abeja de carácter muy dañino, que ahora está amenazando la vida y el trabajo de casi todos los apicultores en ocho estados de Brasil” (Time, 24 de septiembre de 1965).


Cuando en 1978 Arthur Herzog publicó “El Enjambre”, Bruguera ilustró la carátula con una imagen patética: los rascacielos imponentes de Nueva York cubiertos con un enorme hongo negro y abajo una población en huida acompañada del ejército con lanzallamas, tanquetas de guerra y helicóptero fumigando lo que era un gigantesco enjambre de abejas, tan grande que cubría las imponentes fachadas. Una imagen como la que resumió el ataque a las torres gemelas. Para 1981 cuando llegaron a Colombia procedentes del Brasil novelas como esta y películas como “abejas asesinas” les dieron su recibimiento. Las alarmantes informaciones de prensa no se hicieron esperar. Pasados los años las condiciones se fueron haciendo cada vez más difíciles para la explotación apícola. Cambios en el uso de las tierras, la explotación para ganadería intensiva, las fumigaciones, la desaparición de bosques, la supresión del sombrío en la caficultura, el cambio de las políticas cafeteras y la pérdida del apoyo a la actividad apícola, los marcados cambios climáticos con largos períodos de lluvias y el rechazo de una población desconocedora de la nueva situación que la recién llegada abeja requería para su manejo industrial. 


Cómo olvidar esas estrofas de la infancia que nos quedaron grabadas en la memoria de las clases de literatura donde recitábamos: “Amplias constelaciones que fulguráis tan lejos,/ mirando hacia la tierra desde la comba altura…” (de José María Rivas Groot); “¿Quieres que hablemos? Está bien, empieza” (de Ismael Enrique Arciniegas); “Dos lánguidos camellos, de elásticas cervices/ de verdes ojos claros y piel sedosa y rubia” (de Guillermo Valencia); “Hay días que somos tan móviles, tan móviles,/ como las leves briznas al viento y al azar”(de Porfirio Barba Jacob). Y La Abeja, de Enrique Alvarez Henao: “Miniatura del bosque soberano/ y consentida del vergel y el viento,/ los campos cruza en busca del sustento,/ sin perder nunca el colmenar lejano”.


Ahora las abejas acorraladas enfrentan una nueva amenaza mortal, un insecticida relacionado con la nicotina, el neonicotinoides, restringido por la Comisión Europea por la muerte masiva de colonias en Francia y Alemania, siguiendo el ejemplo dado por Suiza, Italia, Rusia, Eslovenia, Ucrania. Para no tener que terminar como la estrofa del poeta: “Sin saber, ¡ay! que en su vaivén incierto / lleva la miel para la amarga vida/ y el blanco cirio para el pobre muerto!” . Según datos publicados por AgroNegocios (primera quincena enero de 2013) 90 mil colmenas se encuentran actualmente en producción en el país. Las cuales son manejadas por más de 2.100 apicultores. Con una producción de dos mil toneladas al año, Colombia aún se encuentra muy lejos del consumo de miel per cápita que sugiere la FAO. Según reporta Confecampo los colombianos consumen 74,2 gramos mientras otros países con tradición apícola llegan a mil gramos.