Columnistas

Los aguaceros
Autor: Pedro Juan González Carvajal
4 de Junio de 2013


En otras épocas, el clima por nuestras latitudes tenía un comportamiento más o menos normalizado, y se podían prever las situaciones climáticas con anterioridad, aún cuando en el trópico las estaciones no aplican.

En otras épocas, el clima por nuestras latitudes tenía un comportamiento más o menos normalizado, y se podían prever las situaciones climáticas con anterioridad, aún cuando en el trópico las estaciones no aplican. Cuando  se decía que “En abril aguas mil” o cuando se aseveraba que “octubre de aguas se cubre”, era porque la época invernal estaba en su punto más alto, así como cuando se hablaba de los veranos intensos en enero o en julio. Esto permitía en su momento hablar por ejemplo de Medellín, como “la ciudad de la eterna primavera”, por su clima más o menos homogéneo alrededor de los 20-22 grados centígrados.


En épocas anteriores se esperaban tres grandes aguaceros durante el año: El correspondiente al Viernes Santo, el correspondiente a la Santa Cruz (3 de mayo) y el correspondiente al día de San Francisco de Asís, el día 4 de octubre, denominado como el  “Cordonazo de San Francisco”, eventos que religiosamente se cumplían con bajo margen de error.


Mayo, mes de María, de las madres y del Maestro, se asociaba a la primavera y agosto, mes de los vientos, se asociaba al despliegue de las cometas.


Las rutinas se acontecían y de alguna manera se podían planear algunos eventos humanos.


La cordillera intertropical genera una serie de condiciones geográficas que le permiten a un país como Colombia y a un departamento como Antioquia, desplegar esfuerzos con resultados excelentes alrededor de la generación de hidroelectricidad. Ya lo decía con fino humor el doctor Diego Calle Restrepo, brillante exgerente de Empresas Públicas de Medellín, “que lo que EPM vendía era aguaceros”.    


Es a partir de la determinación de ciclos que los humanos hemos organizado nuestro proceso evolutivo y de civilización, principalmente a partir del momento en que dejamos de ser nómadas y que gracias a la agricultura, nos convertimos en sedentarios. Y para esto, los períodos climáticos, las estaciones, han determinado los procesos de preparación del terreno, de la siembra y de la cosecha, con sus consecuencias históricas, conocidas por todos.


El cambio climático actual hace que todo lo anteriormente establecido se altere. El no cumplimiento de los ciclos conocidos, la intensificación de las lluvias y de los calores de una manera antes no registrada, están modificando nuestras formas de comportamiento. El paso en cortos intervalos de tiempo del calor extremo al frio extremo, de la lluvia intensa a la sequia intensa, hace que todas nuestras previsiones entren en crisis.


Sin embargo, lo que hoy estamos viviendo resulta irreversible y seremos testigos en los siglos próximos, de una nueva y profunda transformación del planeta tierra, debido  a un nuevo período de glaciación.


Retomemos este gran proverbio Chino: “Las mentes grandes discuten ideas, las medianas cosas y las pequeñas, personas”.


Así mismo,  recordemos a Pitágoras: “Educar no es tomar  medidas para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida”.