Columnistas

¿Quién maneja a las Farc?
Autor: Jorge Arango Mejía
2 de Junio de 2013


Un hecho normal, que no debería ser motivo de escándalo, ha desatado una tormenta en Venezuela: el candidato Capriles, aparentemente derrotado en las últimas elecciones, ha visitado al presidente de Colombia

Un hecho normal, que no debería ser motivo de escándalo, ha desatado una tormenta en Venezuela: el candidato Capriles, aparentemente derrotado en las últimas elecciones, ha visitado al presidente de Colombia, lo mismo que a los miembros de las directivas del Senado y de la Cámara. 


¿Qué tiene de raro que los funcionarios colombianos lo hayan recibido? Nada: es un personaje respetable, alguien que gobierna uno de los estados de Venezuela y que obtuvo el voto de la mitad de quienes participaron en  la última elección presidencial. Además, el presidente colombiano y los presidentes de las Cámaras no tienen por qué pedirle permiso a nadie para decidir a quién reciben. Somos, al menos en teoría, un país independiente, una nación  soberana.


Lo que más llama la atención es la relación  que se ha establecido en las altas esferas del régimen  dominante en el  país hermano, entre estas reuniones en Bogotá y la suerte de las conversaciones que se adelantan entre el gobierno y las Farc, en busca de un acuerdo de paz. A tal punto que se le ha dado orden de regresar a Caracas a un señor Chaderton, que es el “facilitador” de Venezuela en los diálogos de la Habana.


Las declaraciones del canciller venezolano y del señor Diosdado Cabello contienen una amenaza, no por velada menos explícita: se castigaría a Colombia con la interrupción o con el fracaso definitivo del proceso de paz. A ese resultado solamente se llegaría mediante una orden impartida por el gobierno de Venezuela a las Farc. ¿Qué hay detrás de todo esto?


Hace mucho tiempo se viene diciendo que el régimen de Chávez ha apoyado a las Farc. ¿Cómo? Permitiendo que sus cabecillas se refugien en ese país y que establezcan sus campamentos en su territorio, cuando se vean acosados por las fuerzas armadas de Colombia. Del propio Iván Márquez se publicó una fotografía tomada en un cuartel del ejército venezolano, montado en una motocicleta. En los inolvidables días de la república del Caguán, Chávez hizo algunos intentos de visitarla, encuentros que por fortuna no se realizaron. Al menos no en Colombia, hasta donde se sabe.


Cuando escribo estas líneas, no se conoce la reacción del gobierno de Colombia. Pero no puede ser otra que el rechazo de la pretensión insensata de dictarles normas de conducta a las autoridades colombianas. Venezuela no es el Imperio, está lejos del poderío de los Estados Unidos, y la pretensión de imponerles unos amigos a nuestros gobernantes o prohibirles  otros, es ridícula. Colombia no es Bolivia, Ecuador ni Nicaragua.


El asunto es muy sencillo: si las Farc rompen las conversaciones, darán  la prueba plena de la intervención de Venezuela en los problemas internos de Colombia: habrán obedecido una orden de sus patrocinadores. Y esa prueba se la darán  no solamente al gobierno de Colombia sino a todo el mundo. 


No hay que olvidar que sin que el gobierno de Chávez hiciera nada para evitarlo, y sin que ni siquiera desautorizara públicamente a sus autores, en Caracas se erigió una estatua de Tirofijo, lo que equivale a una monstruosa apología del delito. Estatua que sigue allí, como un insulto permanente a los colombianos, en especial a las víctimas de ese asesino.


La canciller no puede limitarse a decir, que tratará el tema por los canales diplomáticos, en secreto. ¿Quiere ello decir que pedirá perdón privadamente por haber recibido la visita, hecho que fue público?


Los colombianos no tenemos por qué deberle la paz al gobierno de Maduro. Ese es un régimen débil, que padece el complejo de haberse establecido mediante el fraude, y que ahora necesita fabricar un enemigo externo, para distraer a su pueblo asediado por las necesidades. Ese enemigo externo no es, no puede ser Colombia. ¿Cómo pensar que una conspiración  para derribar un gobierno comienza por reuniones que todos los medios de comunicación registran? ¿Qué conjura podría tramarse contra un régimen que dispone de un arsenal en el cual Chávez derrochó centenares de miles de millones de dólares, y con el cual solía amenazar a Colombia?


No hay que equivocarse: lo que hará caer a Maduro y sus compinches, es la voluntad de su propio pueblo, cuando ya no soporte los sufrimientos causados por el régimen.