Columnistas

Nuestra suerte en La Habana
Autor: Sergio De La Torre
2 de Junio de 2013


Cuando al cuerpo lo ataca una enfermedad grave como, digamos, la gangrena o el cáncer, no se vacila en acudir a remedios heroicos.

Cuando al cuerpo lo ataca una enfermedad  grave como, digamos, la gangrena o el cáncer, no se vacila en acudir a remedios heroicos. Son opciones extremas –no siempre seguras e infalibles- que el hombre elige, por puro instinto, mientras las circunstancias se lo permitan. No hacerlo sería claudicar ante el mal que nos corroe, y que nos ultimará al final si la resignación llegare  a prevalecer sobre el instinto de supervivencia. Le sucede igual a las sociedades cuando están aquejadas de un mal que se torna crónico. Se atrofian y van perdiendo el aliento que las mantiene vivas. Lo esperable sería, si la ocasión se da, que reaccionen y se prendan de ella. Es el caso de Colombia y los diálogos de La Habana: atrapada en la sinsalida (como lo  está, en materia de seguridad, con la violencia guerrillera, que a veces disminuye pero nunca se extingue), al abrirse  dicha  oportunidad por cuenta de Santos, no había alternativa. O se toma o se deja. Si lo segundo, nos condenábamos a diez años más de desgaste inútil y atrocidades.


Tales diálogos le plantean al país el eterno dilema entre la necesidad y la  repugnancia. El cual no es más que la amplificación, a escala colectiva, del que arriba enunciamos, relativo al individuo, entre su  salud y una droga cualquiera bien repulsiva, pero capaz de vencer la enfermedad. La disyuntiva aquí, en principio  sería la de arreglarse con las Farc de una buena vez, o seguir padeciendo ese flagelo. Hay momentos cruciales en que los pueblos deben escoger entre lo que urge y apremia, de un lado, y el orgullo, la justicia o la razón (lo que se prefiera), del otro. Ello si lo que importa es ahorrarse un tiempo más de zozobra.


La experiencia enseña, y el buen sentido (que se supone preside la conducta humana en esta fase superior de civilización en que vivimos) indica que la necesidad prima. Y, en efecto, así lo parece siempre, por mucho que se discuta su pertinencia o moralidad. Vaya un ejemplo: los Aliados en la Gran Guerra europea del 14, al derrotar a Alemania, guardándose su rabia y ánimo de vindicta se inhibieron de exterminar al vencido. Lo dejaron vivir y respirar a partir del   armisticio  denominado Tratado de Versalles. Todo para abreviar una carnicería que podía extenderse en detrimento de todos. Pues el triunfador, que ha doblegado al otro, también paga su precio si la contienda no se zanja a tiempo. Los ejércitos aliados querían arrasar con los restos del imperio prusiano, pero la lógica se impuso, y con ella el armisticio que, en últimas, no es nada distinto al cierre político, formal, solemnemente  rubricado, de la guerra total que ha terminado, o se quiere terminar. O sea la solución política, a ratos más aparente que real, pero siempre menos dolorosa, no solo para el derrotado sino para ambos. No en vano diría Clemenceau que la guerra es asunto muy delicado para dejarla en manos de los militares.


Con todo, cometieron los aliados un error innecesario en el citado Tratado: humillaron a Alemania, que ya estaba en ruinas, comprometiéndola a pagar, por  décadas enteras, una pesada indemnización a los ganadores. Lo cual se les devolvió como un boomerang, con la consabida revancha que alimentó al   nazismo, el cual casi acaba por aniquilar a los vencedores de la víspera. Tan costosa fue la arremetida germana sobre Europa que ésta, a  instancias de los gringos, bien asimilada la lección del pasado, se cuidó de humillar a Alemania  por segunda vez,  optándose más bien   por reconstruirla a travez del Plan Marshall (masiva inversión de capital norteamericano para ponerla en pie), con la mira de recogerla en la Otan. Desapareció entonces la vieja amenaza prusiana y su propensión a expandirse mediante la  ocupación militar.


El ejemplo (algo traído de los cabellos, lo admito) no guarda proporción con el caso de las Farc y el acuerdo eventual entre un Estado a la ofensiva y una guerrilla diezmada, mas no vencida, ni susceptible de serlo jamás, lo cual ya lo entendimos nosotros  y, lo que es peor, también lo entienden los venezolanos. Pero la connotación y dimensión universales del ejemplo europeo es lo que permite entender la naturaleza, y las derivaciones o desenlaces del conflicto local que aquí se libra, regido también por las leyes generales, conocidas e inescapables de la guerra, cualquiera que sea su carácter, tamaño y ubicación. Con tanta mayor razón si, como la nuestra, se alarga indefinidamente. Los conflictos internos o de menor intensidad que hoy abundan, así como estallan por causas políticas, también  finalizan políticamente, mediante negociaciones. Nunca perderá vigencia lo sentenciado por Clausewitz cuando nos recordó  que la guerra es la continuación de la política, por otros medios. Estas reminiscencias  y los posibles paralelos  que aquí  se esbozan, algo ayudan a esclarecer lo que al final de cuentas pueda ocurrir en La Habana, con todo y el ingrediente de incertidumbre  que acaba de añadírsele en Caracas. Proseguiremos con el tema.