Columnistas

Hombres de poca fe
Autor: Bernardo Trujillo Calle
1 de Junio de 2013


Ya era hora de que el presidente Juan Manuel Santos dijera al país si quería o no la reelección.

Ya era hora de que el presidente Juan Manuel Santos dijera al país si quería o no la reelección. Cada día que pasaba en esa indefinición, hacía más difícil hallar el camino a ella, pues entre tanto las corrientes contrarias ganaban terreno en su misión de descrédito con los falaces ataques a los actos del Gobierno, aún a los que traían la evidencia de su bondad en las propias palabras de su enunciado.  La economía en óptimas condiciones; creciendo el empleo formal; atacando la indigencia y la pobreza; atendiendo el frente de mayor impacto social y político al tomar en sus manos el problema secular de la concentración de la tierra en latifundios improductivos y desafiantes; creciendo la producción industrial y agrícola; mejorando las relaciones internacionales; abriendo espacios de proyecciones inusitadas con la mirada hacia el mar Pacífico y los países del Oriente cercano y lejano, etc.


Y ahora, hace seis días, firmando el primer acuerdo de los varios que están en la agenda en trámite ante La Habana, para poner fin a la guerra fratricida de medio siglo. Este hecho extraordinario que ha recibido el aplauso de los colombianos, de los presidentes y países amigos del Continente y de otros continentes, de la gran prensa nacional y extranjera, de los gremios, de las fuerzas vivas de la nación, del papa Francisco y su Iglesia, en fin, de la sociedad toda, la más sensata y consciente, ha sido el toque final que pone el tema de la reelección entre los primeros que habrán de definirse en un todo y por todo para que no quede la menor duda de que hacia allá se encamina el jefe de Estado.


Ya se había dado un paso de gran valor táctico y de imagen al llevar a la “Fundación Buen Gobierno” a personas destacadas, de reconocida trayectoria en el servicio público que de inmediato asumieron su papel trascendental.  La manzana de la discordia, mejor, el premio gordo del general Naranjo Trujillo por el cual se venía dando una casi pública contención entre el uribismo y el Gobierno, se lo ganó este, lo cual ha causado desazón en las filas contrarias que se han propuesto, a partir de la decisión tomada por el hombre de mejor imagen del país, entrar a saco en su limpia trayectoria.  Naranjo Trujillo ha tomado la opción por la paz; él, que combatió eficazmente a la guerrilla de las Farc, no ha hallado impedimento para sentarse a la mesa del diálogo a hablar cara a cara con ellas en un acto admirable de inteligencia y entendimiento de que la paz, como derecho y como deber de obligatorio cumplimiento, está por encima de cualquiera otra consideración.


Entramos con paso firme en la recta que conduce, ahora sí, al final de la guerra.  La firma de ese acuerdo que ha sido llamado “Hacia un nuevo campo colombiano: reforma integral” augura la llegada de vientos frescos, de oxígeno incontaminado al centro mismo del debate, no tan sencillo, pero tampoco imposible.  La voluntad cuenta más que la perplejidad y si algo hay en el ánimo de las partes, es determinación.  Las aves de mal agüero ya han tomado nota de su derrota y los trinos provocadores van siendo cosa del pasado.


No es ocioso insistir en lo que durante casi ochenta años, desde 1936 (Gobierno de Alfonso López Pumarejo) ha sido una lucha estéril por alcanzar la paz en los campos del país, haciendo buen uso de la tierra y permitiendo que los campesinos, siervos al servicio de los latifundistas, tengan acceso a ella.  Desde la Ley 200 hasta hoy, cada vez que se ha hablado del tema y se ha dictado alguna legislación que los favorezca, el trasgo de los terratenientes asoma la cabeza y empieza su tarea de hacer nugatoria la buena intención.  El Pacto de Chicoral, concierto de liberales y conservadores retardatarios capitaneados por Misael Pastrana, arruinaron la penúltima esperanza de redimir el campo.  Hoy los fantasmas que dicen pertenecer al Centro Democrático (?), son los que quieren asustar el Gobierno y ahuyentar las esperanzas del labriego colombiano.


P.S:  Las palabras generosas de José Alvear Sanín y Ramón Elejalde en El Mundo tienen para mí un especial significado que me obligan a expresarles mi indefectible amistad.  Igual que al periodista Ignacio Mejía (Nacho) por sus comentarios.