Columnistas

Llorar por Argentina
Autor: Sergio De La Torre
26 de Mayo de 2013


No ha sido muy feliz Argentina con las dos viudas que gracias a la desaparición de sus maridos lograron acceder al poder.

No ha sido muy feliz Argentina con las dos viudas que gracias a la desaparición de sus maridos lograron acceder al poder. Isabel Martínez de Perón y Cristina Kirchner  llegaron a la cima por estar en turno como vicepresidentes, y alcanzaron  tal preeminencia, la de segundo a bordo, por ser cónyuges de mandatarios  fallecidos a tiempo. O sea que ambas, fruto del azar y la fortuna, llegarían fletadas. Y tal vez por eso les resultó imposible (es lo que me importa resaltar en esta nota) cumplir el sueño de replicar a Evita, la singular, irrepetible mujer de mediados de siglo, que inspiró a Perón en sus mejores horas. Imitarla, así fuera parcialmente, era, o es, arduo y difícil, primero, porque el entorno y las condiciones políticas  cambian con cada época, y segundo, por los atributos mismos y los rasgos del carácter de Evita: la bondad intrínseca, la ausencia de  móvil egoísta o bastardo interés en su actuar, siempre transparente, sin brumas o intenciones ocultas. No la movía la codicia ni  el odio, como a tantos otros.


Pero además tenía un especial talento para ese histrionismo básico y esencial  que se exige a todo conductor de masas. Porque eso era ella, antes que un líder político convencional, lleno de mañas y subterfugios. Lo suyo era la  vocación por el drama, que le brotaba de adentro, sin esfuerzo, con la espontaneidad que da el dolor de saberse  identificada o  confundida con los “descamisados”, de donde provenía ella misma y que en Argentina constituían la plebe ignara e ignorada, y aquí el “inepto vulgo” de que hablara nuestro  jupiterino Laureano para referirse a sus compatriotas de las clases inferiores. Evita, que ni siquiera se maquillaba, no tenía por qué impostar nada, pues ese era su medio. Isabel Martínez tenía igual extracción, pero el arribismo, de un lado, y la miseria espiritual, del otro, la convirtieron en presa fácil de un vulgar taumaturgo, López Rega, insidioso y rapaz como ninguno.


Doña Cristina, la de ahora, que también a ratos quiere doblar a Evita, no ha logrado todavía, ni lo logrará jamás, entender  el cargo que ocupa.  Carece de norte y de luz que la guíe, pues su marido, que en paz descanse, fue  otro trapisondista, asociado a ella, según lo atestiguan  las actuales crónicas judiciales en Buenos Aires.


Con Evita, el  fenómeno fue otro.  Muy pronto, a partir del momento en que entra a ejercer el rol de “primera dama” (como han dado en llamarlas, donde no haya monarquía, en el mundo actual, desde los días de  nuestra inefable doña Berta, de Eleanore Roosevelt, la vietnamita Madame Nuh, Imelda Marcos, Raisa Gorbachov y aquella que luego cobró triste notoriedad como la viuda de Mao)  los papeles se trocaron: quien mandaba sobre la plebe ya no era el general sino Evita. El pueblo raso se sentía mejor interpretado y reflejado en ella. También ayudó a su gloria, desde luego, la obra del general: el primer ensayo en Latinoamérica de asistencialismo estatal con fines electorales. O sea el populismo practicado desde el poder: una manera de repartir la renta nacional de modo que parezca que lo que recibe el pobre, para el día y en especie, más que un subsidio gubernamental es una dádiva del magnánimo Príncipe, a cargo de su bolsillo. La carismática dama se entregó a ello, y Perón, con su movimiento  Justicialista, supo  capitalizarlo luego, explotando su sagrada, veneranda memoria. Cualquier parecido con el chavismo venezolano no es casualidad, siendo este una copia, algo distorsionada y bastante más corrompida, del viejo justicialismo argentino. No en vano doña Cristina y  el coronel venezolano fueron tan afines.


Al morir Evita el peronismo degeneró, recalando en personajes  anodinos como Isabel, o tan siniestros como el brujo arriba mencionado, o deleznables como Menem o doña Cristina, quien (dicho sea con el respeto debido) apenas llega a ser la caricatura de la precursora. Bien divertido sería intentar, no un socioanálisis sino un psicoanálisis del peronismo reciente, que es la escalera por donde ha  trepado toda la morralla gaucha, llevada por la ansiedad de escapar a su mediocre y estéril destino. Cosa extraña: en Argentina, donde son tan aficionados al la terapia freudiana del monólogo inducido, en el sofá, nunca se ha intentado, forzando las pautas del médico austriaco (ahora que se puede, por estar un poco revaluado) un psicoanálisis del peronismo en bloque, como  fenómeno, dato o patología (según se prefiera) y de sus protagonistas más vistosos, varones y hembras.