Columnistas

Antonio J. Pardo, 50 años
Autor: Bernardo Trujillo Calle
25 de Mayo de 2013


Hubo una época en que la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia tuvo a su servicio una planta de profesores eminentes que vistieron la toga del magistrado enalteciéndola y sin mancharla.

Hubo una época en que la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia tuvo a su servicio una planta de profesores eminentes que vistieron la toga del magistrado enalteciéndola y sin mancharla.  Uno de ellos fue el doctor Antonio J. Pardo, leyenda entre los estudiantes por sus virtudes excelsas de hombre de bien, sabio maestro que jamás podremos olvidar.  Si quisiéramos destacar los rasgos fundamentales de su sencilla personalidad que es propia de los maestros de verdad, yo diría que fue esa manera discreta y cordial con la cual se acercaba a sus discípulos sin hacer ostentación de su gran valía.  Uno entre muchos diría yo, sabiéndose él y también nosotros que su  dimensión espiritual, intelectual y profesoral, lo elevaba un tanto más por encima de algunos de sus pares.


Las conferencias del doctor Pardo de 60 minutos exactos pronunciadas lentamente como saboreando cada frase, cada intrincado problema de los que plantea la materia del Derecho Procedimental que él, con deslumbrante claridad lo reducía a un elemental postulado comprensible al alcance del grupo, hacía que cada vez su metodología de la enseñanza remontara el mito de la supuesta abstracción y dificultad del tema.  Siempre llevaba consigo su vetusto ejemplar del Código Judicial ajado por el trajín de sus dedos y ennoblecido por la pátina del tiempo.  Sus estudiantes lo mirábamos en respetuoso silencio como a un ser superior que impartía, a la vez que su sabiduría, una gran bondad nunca turbada por la mezquindad de alguna preferencia o discriminación.  Justo, ecuánime, ninguna queja de los estudiantes pasó por la mesa de las directivas durante los más de 40 años que regentó su materia.  Fue el sumun de la integridad y sabiduría sin fisuras morales, ni tropiezos vergonzosos con la ética profesional, porque también fue abogado exitoso en ejercicio durante largo tiempo.


Por uno de esos azares de la buena suerte, mis primeros años de abogado en ejercicio los hice al lado de mi maestro Antonio J. Pardo y esa cercanía me permitió descubrir facetas desconocidas suyas de su modestia y el poco afán por la figuración pública.  Un día llegó a la oficina una carta procedente de Uruguay dirigida al doctor Pardo, quien después de leerla, apenas esbozó una leve sonrisa.  Le pedí que me permitiera verla y cual no sería mi sorpresa al saber que la enviaba Eduardo J. Couture, quien después de los altos merecidos elogios que hacía del Tratado de Derecho Procesal Civil escrito por aquel, le pedía que establecieran un intercambio de información y una correspondencia epistolar con el fin de aprovecharse mutuamente de sus conocimientos.  Por supuesto que el doctor Pardo se olvidó del excepcional episodio y la importante misiva que hubiera servido de introducción a futuras ediciones de su afamado Tratado, nunca se halló.


Otro rasgo de la personalidad del doctor Pardo, dentro de las decenas que se podrían escribir, fue este que me causó honda impresión por revelar el desinterés por el lucro económico y el respeto por los alumnos.  Al terminar el segundo volumen de su Tratado que estaba programado para cinco, obra monumental, el que seguía sobre los distintos juicios –así se les llamaba- se negó a escribirlo porque ya un discípulo, sin autorización, había publicado como propias sus notas de clase.  Al instarlo a que no dejara su obra trunca, me dijo que era incapaz de dañarle la imagen a quien ya se la había ganado en el medio, así hubiese sido usurpando el trabajo suyo, por muy alto que fuese el precio.  Fue una confidencia que hoy publico en gracia de la verdad.


Al morir el profesor Antonio J. Pardo, la Facultad de Derecho le rindió el más significativo homenaje que era posible ofrecerle al guardar en urna de cristal, como un tesoro, el viejo y roído ejemplar de su Código Judicial para que a más de perpetuar su memoria, fuera también objeto de admiración por las generaciones futuras de estudiantes y abogado del Alma Mater.


Vayan estas palabras para sus hijos, nietos y bisnietos en los cuales se prolonga la estirpe de un hombre bueno, sabio, excepcional, con el cálido abrazo de quien fue su discípulo, su fugaz y afortunado compañero de oficina que aún lo recuerda como hace 50 años.