Editorial

Consolidando un sue駉
23 de Mayo de 2013


Este acuerdo es ejemplar en tanto se facilita la integraci髇 flexible entre naciones que comparten principios y valores en torno a las identidades culturales, la democracia y el desarrollo integral.

Con la sanción de la Ley que incorpora a nuestro ordenamiento jurídico el tratado de creación y conformación de la Alianza del Pacífico y la firma por los presidentes Laura Chinchilla y Juan Manuel Santos del Tratado de Libre Comercio entre Costa Rica y nuestro país, Colombia dio la bienvenida a los jefes de Estado, delegaciones oficiales y empresarios que desde ayer llegaron a la bella Cali para participar de la VII Cumbre de la Alianza del Pacífico, una realidad de integración política y económica entre naciones con vocación democrática, sentido internacionalista e interés en el inmenso Pacífico y las pujantes naciones bañadas por él.


Con los pasos que ha dado Colombia, solo falta que los congresos de Perú y Chile aprueben formalmente la vinculación de esos países al acuerdo de integración que vislumbramos en mayo de 2006, cuando entendimos que la vocación integracionista de Colombia debía orientarse a fortalecer sus relaciones con los países americanos miembros de la Alianza Asia-Pacífico, Apec, en la que por razones de la moratoria declarada por Australia, Colombia no podía ingresar, a pesar de que por vocación y ubicación tendría razones de sobra para ser parte de ese grupo. Razones de complementariedad económica, de identidad política y de interés estratégico nos parecían suficientes para apoyar iniciativas que reclamaban este acercamiento. Desde el año 2007, el doctor Alan García, entonces presidente de Perú, asumió el liderazgo y convocatoria para el desarrollo de una propuesta que rápidamente encontró eco entre sus colegas de Chile, Eduardo Piñera; México, Felipe Calderón, y Colombia, Álvaro Uribe. 


Mientras los países fundadores han avanzado en la consolidación de la integración económica, que se ha hecho fuerte en el Mercado Integrado Latinoamericano, Mila, y de integración universitaria y humana, países líderes en el mundo han manifestado su intención de vincularse a ella, hecho que debe ser motivo de orgullo pero también de reflexión por los países fundadores, que están obligados a facilitar el crecimiento del sistema pero sin perder sus valores iniciales. En ese sentido, es importante mantener el requisito de los acuerdos de libre comercio como condición para el ingreso a la Alianza, pero también es necesario identificar otras acciones que contribuyan a su desarrollo.


Motivados por intervenciones gubernamentales y de los bancos centrales, que destacan que los países que hoy participan en la Alianza del Pacífico representan el 33 % del mercado latinoamericano y son los que tienen mayor capacidad de crecimiento en el continente, los analistas señalan la Alianza del Pacífico como esperanza de crecimiento y desarrollo económico. Su potencial, sin embargo, no es solo el de impulso a los mercados de la región o mundiales en los países más prometedores de América Latina; este acuerdo es ejemplar en tanto se facilita la integración flexible entre naciones que comparten principios y valores en torno a las identidades culturales, la democracia y el desarrollo integral de la sociedad. 


Con esta cumbre de la Alianza del Pacífico, Cali vuelve a ser protagonista de primer orden de la vida colombiana y confirma que debe ser escogida como capital desde la cual afincar la estrategia integradora y como el puerto de partida de nuestras relaciones con los países que nos hemos unido en la Alianza. Esta apuesta implicará acompañar a sus autoridades a impulsar las acciones necesarias para que vuelva a ser una ciudad con vocación internacional y para que desde allí se dé impulso al  Puerto de Buenaventura, nuestra puerta de acceso al Océano Pacífico y vehículo integrador con gran parte del mundo.


El paso que hoy se da hacia la consolidación de la Alianza del Pacífico impone reflexionar sobre la relación que esta debe construir y consolidar con el Plan Puebla-Panamá, a fin de integrar sus posibilidades en el desarrollo de la infraestructura física y de servicios de Latinoamérica, pero también debe motivar reflexiones juiciosas sobre el futuro de mecanismos que históricamente demostraron incapacidad de ser flexibles y responder a la voluntad de integración de las naciones, como la CAN, cuyo presente y futuro nos imponen nuevos análisis a espacio.