Columnistas

Tan parecidos al hombre
Autor: Anibal Vallejo Rendón
21 de Mayo de 2013


Ha sido evidente el conflicto suscitado por el uso de primates no humanos como modelos para realizar investigaciones científicas.


Ha sido evidente el conflicto suscitado por el uso de primates no humanos como modelos para realizar investigaciones científicas. Convertidos en medio esencial para conocer numerosas enfermedades durante años han llevado a los investigadores a propugnar por el suministro constante de estas especies llegando a proponer en foros internacionales que los países de América Latina aúnen sus esfuerzos para lograr que los centros de primates no humanos se establezcan cerca del hábitat natural de estos animales.


Las similitudes anatómicas, bioquímicas y del comportamiento de los primates con respecto al hombre los coloca en un lugar especial. Tan especial que han entrado en el largo listado de lo que ahora llaman “modelos animales”. En el mundo de habla inglesa el termino cobayo o “conejillo de indias” se ha utilizado para connotar “sujeto experimental”. Ahora los primates han sido acorralados en poblaciones remanentes limitadas a pequeñas zonas aisladas. Diezmados por la destrucción de sus hábitats naturales, la caza para el consumo humano, para su comercialización y la experimentación, hicieron que se controlara su exportación. Primero fue la India y luego fueron Brasil, Perú y Colombia. Si bien se habla de disponer de animales modelo con calidad controlada, no niegan la necesidad de contar también con animales capturados en su estado salvaje. Los organismos de salud internacionales solicitan la cooperación entre países para garantizar el suministro de especímenes así como la reproducción en cautiverio para abastecer sus fines.


Es importante que los jóvenes recapaciten sobre lo que implica la desmedida utilización de los animales como modelos en la rápida evolución de la llamada investigación biomédica a costa del creciente uso de los primates no humanos. 


La primatóloga Jane Goodall en su libro Gracias a la vida narra. “Conocí a Jojo, un macho ya plenamente adulto, en 1988. Había pasado por lo menos 10 años en una típica jaula de laboratorio, de 1 ½ metros de ancho por 2 metros de alto. Estaba en unas instalaciones propiedad de la Universidad de Nueva York… El y otros muchos de los 300 chimpancés que allí había, pagaban por su manutención: prestaban su cuerpo a las compañías farmacéuticas para que estas pudieran experimentar drogas o vacunas…“. Luego describe hileras de jaulas en una tétrica habitación subterránea de luz mortecina.: “me arrodillé frente a Jojo y él  alargó la mano cuanto pudo entre los gruesos barrotes… estaba rodeado por los cuatro lados… no tenía ninguna oportunidad de establecer contacto con otros de su clase. Le miré a los ojos. En ellos no había odio, sólo un poco de gratitud porque me había parado a hablar con él, ayudándole a romper la terrible y mortal monotonía… Estiró el brazo entre los barrotes y me tocó la mejilla llena de lágrimas…“. El animal de laboratorio es un monstruo creado por los experimentadores. Física y mentalmente tiene muy poco en común con un animal normal y con el hombre.