Columnistas

Una reforma inconveniente
Autor: Jorge Arango Mejía
19 de Mayo de 2013


A su infortunada propuesta sobre la reelección a la medida, el presidente Santos agregó un cebo para pescar votos en todos los municipios y departamentos, vale decir, en todo el país: la reelección de alcaldes y gobernadores.

 


A su infortunada propuesta sobre la reelección a la medida, el presidente Santos agregó un cebo para pescar votos en todos los municipios y departamentos, vale decir, en todo el país: la reelección de alcaldes y gobernadores. Ese globo, por fortuna, se desinfló cuando apenas acababan de lanzarlo.  Sin embargo, quedó una especie de compromiso no escrito en relación con la reelección de tales funcionarios. Como la única forma de convencer a la gente es la repetición de los argumentos, es menester volver sobre este tema y explicar cuáles son las razones para afirmar que esa reelección es inconveniente, perjudicial.


No se dieron cuenta los reformadores de profesión de que al aprobar la elección popular de alcaldes y gobernadores, en la reforma constitucional de 1991, estaban entregando los departamentos y municipios en usufructo a los politiqueros, a algunos contratistas del Estado y a otras alimañas que medran a la sombra del poder.


El caso del Quindío es paradigmático. Durante muchos años ha estado sometido al cacicazgo vergonzoso que ejerce un  empresario de juegos de suerte y azar. En un momento dado, al parecer, elegía 11 de los 12 alcaldes, a más del gobernador.    No sé hoy cómo andarán las cuentas, pero al menos tiene la alcaldía de Armenia.


No me cansaré de repetir que el chance es un juego que no solo contribuye eficazmente a la ruina de los más pobres, sino que trae consigo consecuencias nocivas, entre ellas la corrupción. Como ocurrió en la Costa con la Gata, en el Quindío se ha vuelto costumbre que los empresarios de este juego elijan al gobernador, para que éste, a su turno, les conceda su explotación. Es un secreto a voces a quiénes se adjudicará el chance en el Quindío, en los próximos días. No solamente lo saben quienes eligieron a la actual gobernadora, que ahora recibirán su recompensa.


Lamentablemente, solamente cinco o seis grandes ciudades votan con relativa libertad, no obligadas por las amenazas o seducidas por los halagos de los caciques. El resto de Colombia está sometida férreamente al clientelismo. No hay que olvidar que el Estado es el primer empleador.   


Si se analiza la historia reciente de Armenia, el resultado es desalentador: únicamente dos alcaldes elegidos por el voto popular han cumplido una buena labor: Mario Londoño y César Hoyos Salazar. Éste último, con Camilo Cano Restrepo como secretario de gobierno, recuperó el espacio público y entregó una ciudad ordenada y limpia. Por desgracia, una señora cuyo nombre es mejor no mencionar, entregó calles, plazas, parques y todo el espacio público, a los vendedores callejeros. Este es el origen de la caótica situación de hoy: el centro de Armenia convertido  en la plaza de mercado más grande del mundo, en la cual se vende todo: pescado, carnes, legumbres, sustancias alucinógenas, mercancías de contrabando y de toda otra dudosa procedencia etc. Es imposible caminar por las aceras, porque se han convertido en mostradores para amontonar los alimentos que, naturalmente, se contaminan por los excrementos humanos y de animales.    


Ahora se han inventado el cuento de las Ciudades Amables. Al parecer, consiste, sencillamente, en derrochar los dineros públicos. Por ejemplo, un paradero de buses que, como es lógico, se construye en la vía pública (por lo cual no hay que invertir en terreno), le cuesta al tesoro público 1.300 millones de pesos. Y quienes saben de construcción afirman  que se hace con 200 millones y sobra dinero. ¿Qué decir de las casetas de hojalata, que cuestan  al erario 8 millones de pesos y que, a la postre, representan la enajenación del espacio público? Todo esto clama por una investigación de la autoridad competente.


Al aumentar los andenes y estrechar las calzadas, se consiguen dos resultados: el primero, dificultar el tránsito automotor, hacerlo cada día más lento; el segundo, al instalar las casetas, invitar a todos los vendedores callejeros a invadir las aceras ampliadas, en virtud de una equivocada aplicación del derecho a la igualdad, error que la gente repite hace años: o todos en la cama o todos en el suelo.


No, hay que decirlo con franqueza: la reelección de alcaldes y gobernadores sería un error  imperdonable: haría aún peor el remedo de democracia que hoy padece Colombia.