Editorial

La OEA y el debate antidrogas
18 de Mayo de 2013


El continente tiene la oportunidad de retomar los planteamientos del Gobierno de Estados Unidos y la OEA para discutir nuevos caminos para combatir el narcotráfico y los delitos asociados.


Cumpliendo con el mandato de la VI Cumbre de las Américas, José Miguel Insulza, secretario General de la OEA entregó ayer al presidente Santos el “Informe sobre el problema de las drogas en América”, un amplio documento que realiza un completo diagnóstico sobre el mercado y el consumo de drogas en el continente y presenta los escenarios posibles de desarrollo de las políticas frente a un problema que se aborda de manera diferencial, según los países sean principalmente escenarios del narcotráfico, como considera la OEA que son los latinoamericanos, o consumidores de drogas, como ha calificado a los norteamericanos. 


El documento que será entregado a Ricardo Martinelli, presidente de Panamá, y a los demás jefes de Estado del continente, aporta diagnósticos y argumentos que enriquecen el debate y contribuyen a pensar en decisiones que deberá tomar la comunidad internacional en busca de una nueva política antidrogas de carácter mundial que sea garantía de equidad, fin de la violencia asociada a este negocio y protección a la vida y la salud de los potenciales adictos. Por su extensión y densidad, el estudio será motivo de diversos análisis de los que habremos de tomar parte. 


En proporciones mayores a las de los países netamente cultivadores o productores, como Bolivia y Perú, o de los corredores del narcotráfico, como los centroamericanos y especialmente México, Colombia ha logrado avances en el control del narcotráfico, gracias a las políticas de erradicación de cultivos ilícitos y de interdicción aérea y marítima. Estos logros contrastan con el avance del consumo dentro del país y la consecuente emergencia del microtráfico y las formas de ilegalidad asociadas a él.


En efecto, el último informe del Gobierno estadounidense sobre la producción de drogas en Colombia calcula en 17 % la reducción de las áreas sembradas con cultivos ilícitos y la ONU señala que las hectáreas sembradas con arbustos de coca pasaron de 144.800 en 2002 a 57.000 en 2010. En cuanto a la incautación de droga procesada, el país pasó de decomisar y destruir menos de 150 toneladas de cocaína en el año 2000 a 241 toneladas en 2012. Pero estos éxitos contrastan con el aumento significativo de consumidores. Hoy, los usuarios habituales de drogas están entre los 450.000 que indica la Oficina de Control de Drogas del Gobierno y los 700.000 que estima la Procuraduría. Este organismo ha señalado que el crecimiento anual del consumo de marihuana es del orden del 170 %, el de cocaína del 110 % y el de heroína del 100 %. Esto significa que cerca del 2 % de los colombianos entre 14 y 65 años estarían usando drogas como un hábito, estadística todavía lejana de la estadounidense, donde el 8.9 % de la población es consumidora habitual de drogas, pero también distante de la de países como Bolivia y Perú, donde el consumo de drogas está por debajo del 1 % de la población y se acerca a cero. El consumo de drogas en Colombia es generador de un negocio que, según las estadísticas gubernamentales, dejó en el año 2012 utilidades por 169.780 millones de pesos a las bandas criminales que se estima son controladas por cincuenta jefes que manejan los combos urbanos. 


Las estadísticas prueban que la despenalización del consumo mediante sentencia de la Corte Constitucional sin el correspondiente desarrollo de políticas de educación y prevención del abuso de drogas por la población más vulnerable, ni de otras decisiones legislativas complementarias, configuraron una estrategia equivocada y sumamente costosa en vidas humanas y salud de los colombianos, de la cual es preciso que aprenda el continente, que ahora tiene la oportunidad de retomar los planteamientos del Gobierno de Estados Unidos y la OEA para discutir nuevos caminos para combatir el narcotráfico y los delitos asociados. Ante la magnitud del reto es saludable el paso que ahora se da para abrir un debate continental sobre bases compartidas y una única esperanza, conseguir que las drogas dejen de ser el problema mayor de los pueblos de América.