Columnistas

La cuartelada de Isaacs
Autor: José Alvear Sanin
15 de Mayo de 2013


Medellín nunca ha sido propiamente una ciudad editorial. Los libros que publican las diferentes universidades y los pocos editores independientes, generalmente pasan desapercibidos para los diarios locales.


Medellín nunca ha sido propiamente una ciudad editorial. Los libros que publican las diferentes universidades y los pocos editores independientes, generalmente pasan desapercibidos para los diarios locales.


Hace pocos meses, la Universidad Autónoma Latinoamericana reorganizó su departamento editorial, bajo la acertada dirección del escritor Jairo Osorio Gómez. Sus pulcras ediciones, como la “Historia de la Matemática en Colombia”, de Gabriel Poveda, y ahora “La Revolución Radical en Antioquia 1980”, de Jorge Isaacs, prologada magistralmente por Carlos Bueno Osorio, merecen conocerse.


Ese libro, bien poco conocido entre nosotros, fue publicado en vida del autor y reimpreso en Bogotá en 1982. Por su interés para el lector antioqueño felicito a Unaula por esta novísima edición. 


Jorge Isaacs, nacido en Cali en 1837, recaló en Antioquia en 1877 dentro del séquito del general Julián Trujillo, vencedor de una de las lamentables guerras civiles propiciadas por la aciaga Constitución de Rionegro (de 1863), que consagraba el derecho de los “estados soberanos” a declararse guerras ante las cuales el gobierno de la Unión debía permanecer neutral, cosa que no siempre ocurría. 


Pues bien, para hacer corto el cuento, Trujillo asume la “presidencia” del “Estado Soberano de Antioquia”. Legitima su mandato por una asamblea constituyente que lo nombra por cuatro años (hasta 1881). A poco andar se le concede licencia por 30 meses para que ejerza la presidencia de los Estados Unidos de Colombia por dos años en Bogotá, de tal manera que pueda regresar luego a la jefatura del Estado de Antioquia. Lo reemplaza el general Tomás Rengifo, un bárbaro que dejará malísimo recuerdo, desde marzo 20 de 1878. 


Por ese tiempo Isaacs dirige el periódico áulico del gobierno de Antioquia y, desde luego, por su prestancia intelectual, influye en sus determinaciones. Pero Rengifo, a su turno, pide licencia, contra la opinión de Isaacs, dizque para cuidar de su salud (tiene 36 años), pero realmente lo que quiere es regresar a su descuidada hacienda en el Cauca. 


Entonces, el 25 de enero de 1880 se encarga a Pedro Restrepo Uribe, uno de los cinco designados. Tres días después le da golpe de estado el general Ricardo Gaitán Obeso, y el siguiente 1º de febrero, en Rionegro, con cuatro gatos armados, se proclama Isaacs “jefe civil y militar del Estado”.


Su gobierno de facto se prolonga hasta el 13 de marzo de 1880, cuando la intervención armada (pero “inconstitucional”) del gobierno central lo obliga a celebrar un tratado con su prisionero Restrepo Uribe para restablecer a este en el gobierno, convenio que no será respetado porque pronto se libra orden de captura contra Isaacs, quien logra escapar al Tolima antes de llegar a Bogotá, donde es privado de su curul en la Cámara de Representantes. Luego caerá en la más abyecta miseria, de la que saldrá a una decorosa pobreza gracias a empleos públicos de pequeña categoría, hasta su cristiana muerte a los 58 años, en Ibagué, cuando lega sus cenizas a Medellín. 


Isaacs narra en 430 páginas la historia de sus 43 días en el “poder”. Así como Sancho Panza se creyó gobernador de la ínsula Barataria, Jorge se creyó presidente y general de un gran estado soberano. 


La “cuartelada” de Isaacs, al decir de Carrasquilla, es una tragicomedia altisonante cantada con acento de exaltado fanatismo liberal y antinuñista, porque entonces don Jorge era radical y comecuras (cuando antes había sido conservador y acabaría siendo partidario de la Regeneración), adobada con odios y chismes parroquiales, y sustentada con despachos y proclamas tan bien escritas como inútiles, para detener el pelotón que venía a imponer la “legitimidad”. Todo esto enmarcado en la lucha por el poder entre el declinante Olimpo masónico y el nuñismo emergente. 


Apasionante la vida de Isaacs, que merece una biografía definitiva, ojalá por parte de Carlos Bueno. Poeta siempre, más que novelista, porque “María” es un idilio imperecedero; periodista, explorador iluso de yacimientos minerales, filólogo al rescate de lenguas indígenas, burócrata y político ingenuo, afanes que ilustran la frustración de un escritor obligado a buscarse la vida en el torbellino de la política, que era la única ocupación lucrativa en un país relegado por el atraso, enfrascado en discusiones bizantinas y desgarrado por incontables guerras picrocholinas.


Pobre Isaacs, 118 años después de su muerte todavía permanecen inéditos más de 200 de sus poemas. ¡Cuántos de ellos habrá tan bellos como los pocos que conocemos!


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Después de unos meses en Tel Aviv, una amiga me cuenta que allá nunca se supo de estar compitiendo con Medellín por ser la ciudad más innovadora, distinción rabelaisiana que afortunadamente no trasciende siquiera al resto del país, porque dar lora es de lo más penoso…