Columnistas

Guant醤amo: una verg黣nza que no termina
Autor: Jorge Arango Mej韆
12 de Mayo de 2013


Una de las promesas del presidente Obama en la campa馻 para su primera elecci髇, fue el cierre de la prisi髇 de Guant醤amo.


Una de las promesas del presidente Obama en la campaña para su primera elección, fue el cierre de la prisión de Guantánamo. América Latina recibió con alegría esa noticia. ¿Por qué? Por varias razones, que conviene explicar una vez más.


La primera, que la base de Guantánamo pertenece a épocas superadas del imperialismo norteamericano. El pequeño territorio que ocupa es parte de la República de Cuba, pero está arrendado a perpetuidad a los Estados Unidos por una suma anual irrisoria. Esa base fue parte del precio excesivo que los cubanos pagaron al Imperio por su participación en la guerra de independencia. Cuando se pactó el arrendamiento, se estableció que únicamente se destinaría a la construcción de unas bodegas para el almacenamiento de carbón destinado a los buques de la flota americana. En ninguna parte del convenio se habló de base militar, y menos de prisión.


Después de la destrucción de las Torres Gemelas, el nefasto gobierno de Bush estableció la prisión, con una sola finalidad: que los retenidos por hacer parte de la organización terrorista de Al Qaeda, estuvieran en poder de los Estados Unidos, pero en un lugar donde no rigieran las leyes de esa nación. ¿Con qué finalidad? Sencillamente, que esos detenidos no tuvieran ninguna de las garantías consagradas por el derecho penal de los países civilizados. Están allí como cosas o animales, sin saber por qué, sin que nadie pueda defenderlos y, lo que es peor, sin tener ni la más remota idea de cuándo saldrán.  Creen, con toda razón, que solamente dejarán el presidio en un ataúd.


Lamentablemente, Obama no ha cumplido su promesa. ¿Cómo puede explicarse que en Guantánamo no rija ninguna ley? Si no rigen las de Cuba, ¿por qué no pueden regir las de Estados Unidos? Cabe preguntarse si los guardianes de esa cárcel horrorosa tampoco están sometidos a la ley, es decir, si pueden cometer cualquier crimen contra los presos que vigilan, sin recibir castigo. Si se tiene en cuenta toda la situación, la respuesta tiene que ser afirmativa.


Desde hace meses, la mayoría de los presos se encuentran en huelga de hambre. Esto ha llevado a la senadora demócrata Dianne Fenstein, Presidente del Comité de Inteligencia del Senado, a dirigir una carta a Tom Dilon, Consejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, en la cual pide el traslado de los presos a sus países de origen. En esa nota escribe:


“El hecho de que muchos detenidos hayan pasado más de una década en Guantánamo y crean que no hay luz al final del túnel para ellos, es una razón más para los crecientes problemas y los cada vez más y más reclusos en huelga de hambre…”


Es incomprensible la decisión de Estados Unidos de mantener esa base.  El motivo que llevó a su establecimiento, ha desaparecido. Hoy día no hay nada que deba guardarse, en lugar del carbón que ya no es el combustible de los navíos de la Flota.  Todo indica que solamente se piensa en desafiar y humillar a Cuba, conducta insensata desde todo punto de vista.


El gobierno de los Estados Unidos tiene que entender que esto de Guantánamo es una ofensa permanente, grave, contra toda América Latina. Es un rezago de la política del Gran Garrote que predicara Teodoro Roosevelt, el mismo que cometió la infamia de Panamá. Y el insulto duele aún más si se parte de la base, indiscutible, de que es innecesario, que no obedece a ninguna lógica ni tiene justificación alguna.


Todo lo que se haga por limpiar la cara del Imperio, será inútil mientras exista la prisión de Guantánamo. ¿Qué autoridad moral tiene un gobierno que comete semejante atrocidad, cuando al mismo tiempo predica sobre la defensa de los derechos humanos en el mundo? Los hechos son más elocuentes que las palabras: son tozudos, como tantos lo han dicho.  Esto es de la misma clase de la cárcel de Abu Ghraib: es un crimen de lesa humanidad. El que haya delitos como éste en el Siglo XXI, cierra la puerta al optimismo sobre el futuro del hombre.