Columnistas

Una Constitución de bolsillo
Autor: Jorge Arango Mejía
28 de Abril de 2013


El presidente Santos desató una pequeña tormenta al anunciar su propósito de reformar la Constitución, para aumentarle dos años al período para el cual fue elegido, y, de paso, agregar el mismo tiempo a los de los gobernadores y alcaldes.


El presidente Santos desató una pequeña tormenta al anunciar su propósito de reformar la Constitución, para aumentarle dos años al período para el cual fue elegido, y, de paso, agregar el mismo tiempo a los de los gobernadores y alcaldes. Pero el temporal amainó cuando algunos manifestaron su desacuerdo. ¿Qué demuestra este episodio ridículo?


Que a la Constitución se le ha perdido el respeto. Se olvida que tiene una vocación de permanencia, y no puede cambiarse como si de un abrigo se tratara. La Constitución de los Estados Unidos de América, en más de doscientos años, ha tenido apenas 27 enmiendas sobre temas específicos, algunas de las cuales  (como la que dispuso la ley seca a principios del siglo pasado) ya no rigen. 


En Colombia es diferente. Durante más de cien años, la Constitución de 1886 solamente había tenido 62 reformas. Después de la reforma de 1991, modificarla se convirtió en pasatiempo de politiqueros, semejante a un vicio. A partir de ese año, en menos de 22, se la ha reformado 35 veces. 


Hubo una reforma porque el presidente Uribe quería gobernar cuatro años más. Luego, cuando se acababan los ocho años, se hizo otra para que se completaran doce años de gobierno, propósito que se frustró. Ahora el presidente Santos, como cualquier prestidigitador de feria,  sacó de la manga otra reforma. Aparentando inapetencia de poder, dijo que no quería ser reelegido sino por dos años, para culminar el proceso de paz con los delincuentes de las Farc. Y llevado por el afán de lograr que su idea fuera respaldada por politiqueros de todos los colores, halagó a gobernadores y alcaldes con la promesa de que sus gobiernos (o desgobiernos) también durarían seis años.


¿Qué han hecho de la Constitución? Un librito de bolsillo que tiene remedios  para todos los males: para reelegir; para alargar los períodos de los elegidos cuando están a punto de terminar; para realizar los deseos del gobernante, sus caprichos y todas sus frivolidades. Como dijera el Tuerto López, “¡Qué diablos! Si estas cosas dan ganas de llorar.”


Ya no es sino el libro de recetas de un culebrero cualquiera. ¡Y la manera de redactar! Muchos artículos tienen más de un millar de palabras, pues se han escrito con el fin de reglamentarlo todo, hasta los más pequeños detalles. Olvidan que en la medida en que la Constitución desciende a legislar sobre todos los asuntos, pierde importancia y se asemeja más a una ley ordinaria. Así, se le pierde el respeto y cualquiera la manosea como a moza de taberna.


¿Y qué escribir sobre la comilona  de alcaldes y gobernadores? Como si no fueran suficientes cuatro años, se propone aumentarles dos, para que se harten de contratos y de todo lo que estos platos traen: comisiones, regalos, sobornos y tantas otras viandas prohibidas. ¿Qué será de Bogotá si se la obliga a padecer cuatro años y medio más de Petro?


¿Qué quedará de Armenia, con cuatro años y medio adicionales de “Ciudades Amables”, con sus paraderos de bus  de 1.300 millones, sus casetas de hojalata de  8 millones de pesos, y toda esa orgía repugnante en que se consume el erario,  bajo la mirada indiferente de las autoridades de control? Si ahora la ciudad está en el fondo del carriel, ¿qué quedará de ella si se prolonga este festín de la corrupción?


Sentado este precedente, ¿qué impediría que mañana se modificara nuevamente el período de alcaldes y gobernadores y se estableciera que tales cargos fueran vitalicios?


Se olvida que solamente las seis ciudades mayores han superado las ataduras del clientelismo y de otros factores que degradan la política. Las demás, y casi todos los departamentos, están en las garras de los caciques. En el Quindío, por ejemplo, los empresarios del chance eligen gobernador y alcalde de Armenia desde hace años: para muestra, un botón


La Constitución no es conejillo de laboratorio en el cual puedan hacerse todos los experimentos, ni baraja de jugador con cartas bajo la mesa…  Por el contrario: es un asunto serio, no sometido a la imaginación de los nuevos alquimistas. Y si algo demostró el presidente, fue su pretensión de jugar con la Constitución…