Columnistas

Lavada de manos
Autor: Sergio De La Torre
28 de Abril de 2013


Bosquejábamos el domingo anterior un retrato de quien aquí, hoy es quizá el personaje más controvertido de la vida pública, por lo mucho que repugna y divierte a la vez.


Bosquejábamos el domingo anterior un retrato de quien aquí, hoy es  quizá el personaje más controvertido de la vida pública, por lo mucho que repugna y divierte a la vez. Se le atribuyen vicios como la lagartería, que  cultiva con esmero y desenfado inimitables, y es la modalidad colombiana de lo que el mundo conoce como arribismo:   el arte del arduo, incierto, pero provechoso  ascenso. Algo que nos recuerda a Rastignac, personaje emblemático de Balzac,  el mejor tratadista, o entomólogo, mejor, del hormiguero  humano. Rastignac, joven llegado de la provincia pobre a la Ciudad Luz, quien , movido por un desesperado afán de trepar y trepar, gracias a  saber combinar  la obsecuencia con la  lisonja, le da un vuelco al destino y acaba seduciendo a la novel mas ya dominante burguesía parisina, deslumbrada por sus talentos y encantos. Barreras, obviamente, nunca será el astuto y certero Rastignac, pero sí su réplica en la política criolla, grosera y rudimentaria si se quiere, pero réplica  al cabo.


La otra nota suya es el transfugismo, recurso muy socorrido aquí  para sobrevivir en el inestable y azaroso mundillo de la política tropical, donde  lo que menos se premia es la consistencia ideológica y  su emanación natural, la lealtad. 


En el ejercicio de tales prácticas, de hecho imprescindibles, los demás políticos, cualquiera  sea su rango (desde los  pequeños dirigentes locales de última fila hasta los senadores, sin excluir candidatos presidenciales, y  uno que otro presidente acaso) no difieren mucho de Roy. Parecen todos cortados por la misma tijera. La mediocridad  los iguala y confunde, sumidos como viven en ese  mefítico ambiente de jugarretas, trampa y componendas  donde, a punta de medrar, logran permanecer. Resignados a su propia escoria todos, salvo aquellos, muy contados, que se singularizan por su devoción o pulcritud, brillan con luz propia, rompen el molde y, escapados, cumplen elevada misión, dejando huella. O terminan inmolados en el magnicidio (Gaitán, Galán, Álvaro Gómez…), la sola manera de detener su amenazante paso. Entonces los primeros, que son el grueso, la gran masa en el oficio, evaden la poda o limpieza que  sobreviene cuando al Establecimiento lo sacude un hombre providencial, la inmensa turba de los indignados, o un viento huracanado que, al barrer, purifica. Un viento como esos,  de sello arábigo, que ahora llaman “Primavera”.


La prensa, a través de sus columnistas más leídos, se lava las manos al señalar a Roy mientras omite censurar a sus congéneres, cuyos modos  son iguales o peores. Lo único que los diferencia en el Congreso es el exhibicionismo fatigante del primero, su hambre insaciable de televisión y radio. Ahí está la debilidad  del médico valluno. En todo lo demás se asemejan, igual que  aburren.