Columnistas

El final del Welfare State
Autor: José Alvear Sanin
24 de Abril de 2013


He seguido detenidamente los tributos, las diatribas, las protestas y las elaboradas ceremonias que han marcado la desaparición de Margaret Tatcher.


He seguido detenidamente los tributos, las diatribas, las protestas y las elaboradas ceremonias que han marcado la desaparición de Margaret Tatcher. De mis estudios en Gran Bretaña recuerdo un bello país, relativamente igualitario, postrado económicamente. Después de casi once años de revolcón tatcherista volví, recién defenestrada la pugnaz señora, a un país desindustrializado, entregado al poder financiero y convertido en el más desigual de Europa. Era terrible ver entonces los homeless durmiendo a la intemperie durante el invierno, espectáculo jamás imaginable donde antes había florecido el Welfare State. 


El Estado de Bienestar surgió con el laborismo, a partir de 1945, para paliar las aterradoras desigualdades sociales en un país que todavía era una gran potencia industrial, comercial, militar y financiera. 


Ese propósito de justicia social condujo a la nacionalización de las minas de carbón (donde entonces imperaban condiciones inhumanas) y de algunas industrias estratégicas (aviación, ferrocarriles, electricidad) y al establecimiento del Servicio Nacional de Salud para atender gratuitamente a todos los habitantes, de la cuna al sepulcro.


A partir de 1951, los conservadores mantuvieron el Welfare State, hasta la llegada de Mrs. Tatcher al Nr. 10, Downing St. (4 de mayo, 1971).


Es verdad que el país reclamaba cambios estructurales, pero en vez de reindustrializarlo y de invertir adecuadamente en educación, ciencia y tecnología, la Iron Lady convirtió a su partido al más intransigente neoliberalismo. Luego, los laboristas de Blair se contagiaron, hasta el punto de que poco se distinguen de los tories, de tal manera que en los últimos años lo único que quedaba del Estado de Bienestar era el National Health Service (NHS), a pesar de reformas y recortes en desmedro de una población empobrecida, además, por la precariedad laboral y la reducción de las pensiones y los subsidios asistenciales. 


El gobierno de la coalición conservadora-liberal (desde mayo 10 de 2010) ha decretado una serie de reformas en el NHS, que lo vienen asemejando al fatídico sistema colombiano, porque detrás de casi todos los países planea la sombra de cierto “gobierno supranacional”.


Las últimas reformas sanitarias van a significar la parcelación del NHS en algo así como 60 operadores con ánimo de lucro, con las consecuencias desfavorables que son de esperar.


El tema de la salud pública es fundamental, porque sin servicios asistenciales de calidad para toda la población, hablar de democracia es la mayor burla. 


Pues bien, me he encontrado los escritos de Owen Jones, joven e influyente columnista inglés de izquierda, el mecanismo que hace posible la degradación de los servicios de salud en los diferentes países, sin que la gente se percate de lo que le van haciendo. 


Jones considera que a partir del pasado 1º de abril, al entrar en vigencia las últimas reformas, desaparece totalmente el Welfare State. Nos cuenta que la oposición de multitud de periodistas, comentaristas y asociaciones médicas a las reformas fue muy débil, porque era prácticamente imposible argumentar sobre los kilométricos y enrevesados textos propuestos al Parlamento. 


Curiosa coincidencia que Mrs. Tatcher muera cuando se completa la labor que emprendió. 


Traigo esto a cuento porque la infinita complejidad de las reformas propuestas por el Dr. Santos y su cuestionado y comprometido ministro de Salud, hace imposible entender la abstrusa fraseología y los kafkianos mecanismos de ese extenso galimatías, inspirado por los poderes fácticos supranacionales para consolidar el ánimo de lucro y las inequidades de un sistema aberrante.