Editorial

Elecciones sin libertad
13 de Abril de 2013


Los votos que logre obtener Henrique Capriles serán la expresión de máxima libertad de los demócratas venezolanos, organizaciones solitarias que tienen que sobrevivir a la inexistencia de condiciones internas y al abandono

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Arañando algunos espacios en los medios de comunicación nacionales e internacionales, y entre dirigentes políticos de países amigos, la oposición venezolana buscó durante esta cortísima campaña electoral que el mundo conociera  las actuaciones del poder chavista contra la libre elección. La valiente diputada María Corina Machado, como directora Internacional de la campaña de Henrique Capriles, expuso en diversos escenarios la precaria situación que enfrentan los partidos no chavistas, unidos en la coalición que encabeza dicho candidato. 


La nación colombiana, en su gran mayoría, se reconoce víctima del contubernio del Gobierno chavista con mafias y delincuentes de extrema izquierda y lamenta la complicidad silenciosa de su Gobierno frente a los desmanes antidemocráticos del chavismo. Pueda ser que esta pasividad, que nos recuerda a Chamberlain y sus coqueteos con el nazismo, no nos salga cara en materia de seguridad.


Un principio ampliamente aceptado en las democracias es la no beligerancia de las Fuerzas Armadas. Solo así se puede ofrecer a los ciudadanos opositores a un gobierno fuerte, oportunidad para postularse y acceder a los cargos de gobierno. En Venezuela hay tal desprecio por esa garantía democrática que el ministro de Defensa, almirante Diego Molero, no solo se sumó a la campaña electoral para invitar a votar por Nicolás Maduro para “darle en la madre a toda esa gente fascista de este país” sino que amenazó descaradamente a la oposición, declarando: “aquí hay un pueblo y una Fuerza Armada que está unida (...) Estamos para promover la ideología bolivariana y socialista que nos sembró nuestro comandante presidente que perdurará en el tiempo”. En esta situación se siente la ausencia de una OEA capaz de hacer valer la Carta Democrática frente a un Gobierno que perdió la vergüenza y se ampara en la soledad de los demócratas para atropellarlos hasta más allá de la sensatez. 


El sistema electoral, del que tantas veces se ha vanagloriado el actual Gobierno de Venezuela, tampoco ofrece garantías a los ciudadanos, pues desde su concepción misma se viola el principio del voto secreto como un bien sagrado de la democracia y para ello se vale de la gran aspiración de las democracias contemporáneas por instaurar el voto electrónico. Esta, que pudiera ser una garantía de transparencia, en manos de un gobierno totalitario se constituye en mecanismo para el espionaje al elector, que debe registrarse una vez llega al puesto de votación y que queda nuevamente registrado cuando vota usando la huella digital como medio de identificación.


La estrecha vigilancia sobre los electores  y el curioso permiso para que los centros de votación permanezcan abiertos hasta que el último ciudadano que ingresó antes de la hora de cierre de la jornada logre votar, son usados como eficaz instrumento  de un gobierno que cuenta con información privilegiada para movilizar una clientela cautiva por miedo o necesidad y que está cercana a diez millones de personas, entre los 2,5 millones de funcionarios, de los cuales 1,5 millones fueron nombrados por el socialismo bolivariano; los casi seis millones de beneficiarios de las misiones, o sea de los generosos subsidios con que Chávez mantiene pobres a los pobres; y los miembros de las Fuerzas Armadas. A George Orwell, de quien pensamos que había exagerado al concebir al “Gran Hermano” y su capacidad de vigilancia, le fue imposible imaginar una situación tan fuerte de control de un gobierno sobre el ciudadano libre.


En una situación tan estrecha, la única oportunidad que pudiera tener la oposición para acceder a una elección libre sería la de contar con posibilidades en los medios de comunicación o en marchas en las calles, pero ambas oportunidades le están negadas por el control general del Gobierno sobre los medios electrónicos y sobre los espacios públicos. El dato que han medido los analistas de opinión venezolanos es de los más inquietantes del mundo: mientras Maduro en un solo día puede tener 34 horas de presencia en medios de comunicación que se encadenan sucesivamente para copar los espacios de opinión, el candidato Capriles apenas sí consigue esbozar alguna idea durante los 4 minutos por canal al día. Nadie puede en tan poco tiempo exponer un programa de gobierno, explicar sus propuestas, presentar su movimiento y defenderse de las calumnias que le dirigen desde todos los ámbitos de un régimen que controla todos los poderes y que ni siquiera está sometido a la vigilancia de la comunidad internacional.


Los votos que logre obtener Henrique Capriles serán la expresión de máxima libertad de los demócratas venezolanos, organizaciones solitarias que tienen que sobrevivir a la inexistencia de condiciones internas y al abandono en que los han dejado las democracias del mundo, para nada semejante al manto protector que sobre el chavismo extienden los dinosaurios Castro, el tirano Ahmadineyad, y sus cómplices, beneficiarios de los ríos de petróleo y petrodólares con que Chávez inundó sus gasolineras y faltriqueras.  Con admiración, y muy poco optimismo, acompañamos desde nuestra tribuna a los valientes voceros del “Bravo pueblo venezolano” que hoy batallan por guardar su frágil democracia.





Comentarios
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Gonzalo
2013/04/15 05:36:06 pm
Sol son payasos vestidos de politicos...