Columnistas

Un buen s韓toma
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
9 de Abril de 2013


Es interesante observar que en Colombia comienzan a hacerse o韗 voces cr韙icas ante la deplorable explotaci髇 comercial de la violencia a que acuden las grandes programadoras de televisi髇.


Es interesante observar que en Colombia comienzan a hacerse oír voces críticas ante la deplorable explotación comercial de la violencia a que acuden las grandes programadoras de televisión. Una maloliente mezcla de brutalidad, de agresividad en las actitudes y en el lenguaje de los protagonistas, a las que se suman, como no, las protuberantes formas moldeadas a base de silicona en artificiosas mujeres que son también objetos de consumo y de ostentación. Armas, atentados, componendas, dinero, enriquecimiento colosal y rápido: estos son los temas principales.   


Cualquier ciudadano, en los horarios de mayor sintonía, se encuentra, además,  con  los interminables comentarios sobre infinitos partidos de fútbol  (¿o se trata de un solo encuentro, de duración infinita, como en un cuento de Borges?).  Siempre hay por televisión un partido de fútbol, con una maratónica serie de jugadas de ataque y ofensa y de llegadas a la portería del contrario, algo que nunca acaba. En ese mismo partido, algunas tardes especiales, todas las gentes dejan de hacer lo rutinario para sentarse, colectivamente, en un multicolor ritual, “… a ver el partido”. Quizá su afán es por ver otro fragmento del mismo partido, el único encuentro,  el interminable, Tal vez como resultado de esta sobredosis comienza también a aparecer un curioso fenómeno psicológico: da lo mismo perder que ganar; “ganamos o perdimos”, en todo caso es algo que tiene poco significado, ya el tópico está gastado: perder es ganar un poco.


Francia y Estados Unidos tienen reglamentaciones estrictas sobre los horarios y los contenidos de la televisión. Se han hecho respetar las peticiones de asociaciones de padres de familia, de organizaciones políticas y religiosas, y de entidades educativas. Con creciente interés, los anunciantes han manifestado su voluntad de ejercer un control sobre sus pautas y sobre los contenidos y horarios que patrocinan. Algunos, de modo valiente y coherente, han sabido retirar las pautas y han dado ejemplo, con ordenada argumentación, sobre  sus determinaciones.


Equivocadamente los interesados en la explotación comercial de la pornografía y la violencia  dicen que  lo que pasa es que esta es la “historia de Colombia”: es un razonamiento falso, débil.  Es que es la “realidad que vivimos y lo que todos quieren ver”; afirmación que puede contrastarse. Es una muy pobre idea de la realidad si ésta se limita a la hipertrofia de las voluntades y acciones perversas de unos cuantos que alcanzaron un gran poder en un determinado momento. Por supuesto, existen otras realidades, el esfuerzo laboral, el empeño educativo, el desarrollo industrial sano, el proceso continuo de mejoramiento vivido por millones de familias que se esfuerzan  en una constante tarea diaria, de bajo perfil y poca espectacularidad. Esa sí es una realidad. No es, por supuesto, la que le sirve de máquina tragamonedas a quienes  imponiendo una visión coja de la libertad, manipulan a sus televidentes haciéndoles creer que por medio de encuestas de satisfacción es que se aproximan a la verdad. Las historias de brutalidad y narcotráfico no son la “historia contemporánea” de Colombia. Son eso sí, historias que reportan millones de dólares a quienes las venden y las exportan habilidosamente, como si fueran un producto cultural. Es un buen síntoma que la gente se manifieste en contra de los deplorables contenidos de nuestra televisión; indica que hay sectores de la opinión pública en los que se gesta una conciencia responsable y crítica.