Columnistas

Convertirse en Kuala Lumpur
Autor: Carlos Cadena Gaitán
8 de Abril de 2013


En un reciente viaje a Malasia, pude descubrir grandes similitudes entre nuestros países.


En un reciente viaje a Malasia, pude descubrir grandes similitudes entre nuestros países.


Para muchos, pensar en Malasia debe evocar sueños de un lejano paraíso oriental. Por eso, es sorprendente encontrar que compartimos rumbos similares. Tanto Malasia como Colombia están ubicadas justo al norte de la línea del Ecuador, así que la vegetación es bastante similar; se ven palmeras, se adornan los parques con las mismas flores, se vende agua de coco en carritos callejeros.  Nuestros países tienen PIBs per cápita análogos, y ambos países le apuestan a un modelo económico que busca “crecer” primero, y “limpiar” después.


Quizá las lecciones más interesantes nos las deja Kuala Lumpur, su capital. Una ciudad inmensa, de más de 7 millones de habitantes, que se extiende hasta donde la vista humana alcanza. Allí, han construido una ciudad para los carros; reflejando lo que supuestamente es un modelo exitoso de “progreso”. Autopistas repletas disectan la ciudad, autopistas elevadas “decoran” el paisaje, aceras inexistentes aseguran que el carro sea el único modo de transporte válido.


Como estudioso del transporte sostenible, utilicé todos los modos disponibles. Hay un sistema de metro ligero que funciona bastante bien, miles de taxis que no respetan las reglas, y buses que no tienen otra opción más que navegar por los eternos tacos omnipresentes. Un caso a resaltar es el del polémico Monoriel: una línea corta (11 estaciones) que conecta la estación central (curiosamente ubicada en el sur de la ciudad) con la zona financiera. Como este sistema no es de alta capacidad, al llegar a la tercera estación ya está atestado de gente.


La estación de Monoriel más cercana a las Torres Petronas (esas exhuberantes torres gemelas que llevan el nombre de la empresa nacional de petróleos), desemboca en una interesección vial de pesadillas: aunque hay un botón para solicitar la luz verde peatonal, ¡esa luz no existe! Es decir, para caminar entre los dos grandes símbolos de esta ciudad (la Torre KL y las Torres Petronas), hay que aventarse a la autopista como un animal. De movilidad en bicicleta en esta ciudad para los carros, ni hablemos.


En esta gran metropoli asiática, hoy casi un 80% de los viajes diarios se hacen en modos privados de transporte, y tan sólo un 20% en transporte público (Plan Estructural Kuala Lumpur 2020). Las consecuencias de este nefasto coctel son bien conocidas por todos nosotros: a más carros, más congestión. Con más congestión, los ciudadanos mal informados, piden más vías. Ante esa oportunidad de conseguir votos (y en algunos casos robar plata), los políticos prometen más vías. El desenlace final siempre es el mismo: más vías repletas de más carros, más contaminación, más problemas de salud; menos verde y más cemento; punto. ¿Cualquier parecido con nuestra realidad es mera coincidencia? Yo debo admitir que este nefasto coctel lo veo con dolorosa frecuencia en muchas ciudades en vías de desarrollo de nuestro mundo.


Lo más duro es que a estas alturas, es muy difícil pausar un sistema que se reafirma por su propia inercia. El “Rey Peatón” no vive en Kuala Lumpur, y las “Bicis Por La Vida” ya dejaron pasar su cuarto de hora. Por otro lado, nosotros todavía estamos a tiempo de prevenir esta catástrofe.