Columnistas

El meollo del asunto
Autor: Sergio De La Torre
7 de Abril de 2013


Lo que desató el berrinche de Pastrana, y la subsiguiente gresca en la cima que hoy presenciamos y aún no termina, fue el fallo de La Haya.


Lo que desató el berrinche de Pastrana, y la subsiguiente gresca en la cima que hoy presenciamos y aún no termina, fue el fallo de La Haya. Y cómo, tarde o temprano, el presidente Santos  habrá de decidir qué hacer con él: si darle cumplimiento, desafiando a la población sanandresana ( que vería comprometida su identidad, su destino, y acaso hasta su propia libertad, con la irrupción de Nicaragua en su espacio marítimo, del que  deriva su sustento), población esta que ya comienza a alimentar la idea separatista por cuenta del desengaño con Bogotá , que, inferior a su deber de ampararla, no supo defender sus intereses vitales, que son los mismos de Colombia. Si así ocurriera, desafiaría Santos a todo un país, que no le perdonaría su pasividad frente a tamaño despojo,  duplicado además.


A este propósito, no sobra recordar el efecto, no por  callado menos demoledor, que dejó en el alma nacional la pérdida de Panamá, acaecida hace 110 años por culpa de nuestra  élite  andina, la  de siempre, fatua e irresponsable como ninguna otra en el continente Si, como fruto temprano o tardío del hondo resquemor  que en la  hipótesis descrita dejaría la separación de San Andrés (para erigirse en otra pequeña nación caribeña, al lado de Belice, Granada, Martinica, etc., o para sumarse a otro país, o a la misma Nicaragua, ¿ por qué no ¿) o sea  si  la separación de San Andrés  se consumara,  estaríamos reviviendo la tragedia de Panamá de 1903 con una segunda amputación en el  cuerpo nacional, tan cruel como la primera, pero explicable por la proverbial incuria de nuestra ancestral dirigencia.


A esta siniestra amenaza de perder no solo las aguas  sino también las islas ( amenaza que aletea sobre nosotros en caso de acatar un fallo ilegal, injusto e imposible de ejecutar sin perder la filiación colombiana de los sanandresanos) agreguémosle la declaración de la ministra Holguín pronosticando que la Corte resolvería el pleito de modo salomónico (vale decir, sabio, equilibrado) con lo que le señaló el camino y le dio pie a dicho tribunal para acoger las pretenciones nicaraguenses, incluso más allá de lo que se pedía, o de lo que secretamente se acariciaba en Managua.  Fiel a su linaje, la Canciller (seguramente de buena fe, lo que no excusa el error) no hizo más que responder  a lo que ya es una tradición familiar: sus antepasados, inscritos en estirpe tan ilustre, también validaron (ellos sí a conciencia) la segregación del Istmo, y 50 años después, la cesión de Los Monjes, comprendidas sus aguas y petróleo, a Venezuela. ¡Cuánta nobleza y patriotismo pueden caber en un mismo apellido ¡


Mas, la verdad sea dicha, la memorable y  torpeza de la señora Holguín tuvo una incidencia menor en el dictamen  adverso de La Haya. La causa eficiente de que él se hubiera dado  como se dio fue la negativa de Pastrana, en su momento, a seguir el oportuno consejo de su canciller Fernández de Soto, cuando en el seno de la  Comisión Asesora propuso el retiro de Colombia del Pacto de Bogotá y de la jurisdicción de La Haya consiguiente, probablemente porque ya él se temía, o barruntaba, lo que al cabo de unos años iría a suceder con la reclamación nicaragüense.


Todo este rodeo viene a cuento para subrayar  la duda  en que ahora se debate el Presidente Santos. Si atiende la sentencia es probable que lo que se siga sea la pérdida de las islas, decidida por ellas mismas, y el consiguiente repudio nacional hacia su figura  y su memoria. Si la desobedece, comprometería el proceso de paz de La Habana, por la previsible reacción de Venezuela y sus socios del Alba a favor de Ortega. Así se explica también el interés del presidente Santos en destapar las actas de la Comisión Asesora, y el miedo de Pastrana a que tal cosa suceda, pues ello lo situaría como  el primero y  mayor responsable del estropicio actual en el archipiélago, y de lo que se sigue. Ahondaremos luego en este asunto, sus implicaciones electorales y cómo el infaltable Maquiavelo, desde la tumba florentina en que reposa, habría de entretenerse calibrando el duelo que aquí se  anuncia (pues  todavía no ha empezado en forma) entre dos protagonistas tan desigualmente dotados por la naturaleza.