Columnistas

Euforia Papal
Autor: Gabriel Zapata Correa
5 de Abril de 2013


“La Fe mueve montañas”, es la frase que los católicos pronunciamos cada vez que deseamos que se cumpla algo que a simple vista parece imposible


“La Fe mueve montañas”, es la frase que  los católicos pronunciamos cada vez que deseamos que se cumpla algo que a simple vista parece imposible, y es precisamente esa fe la que nos llevó a pensar que el trono de San Pedro podría estar ocupado algún día por un Cardenal Latinoamericano, que para sorpresa de todos, resultó ser uno de los más sencillos y humildes servidores de Cristo. 


No quiere decir que los Papas anteriores no hayan tenido estas virtudes, pues cada uno en su misión evangelizadora ha fijado un norte, Juan Pablo II fue el Papa de la Esperanza, con su carisma y humildad logró incorporar miles de jóvenes a la Iglesia y cargó la cruz hasta el último día de su vida; Benedicto XVI fue el Papa de la Fe, reflexivo y estudioso, con sus innumerables escritos teológicos, enseñó como la Iglesia debe asumir su tarea evangelizadora, firme en la tradición y abierta a los  cambios necesarios. 


El hecho está en que Jorge Mario Bergoglio es Latinoamericano y las características culturales lo hacen ser una persona cálida, abierta, alegre, conocedor de la realidad socioeconómica que vive nuestro continente y por ende, cercano y sensible a esa realidad. Si a eso le agregamos que su formación como sacerdote la recibió en la Comunidad Jesuita, cuyo voto es la obediencia y el servicio a la Iglesia está enmarcado en el trabajo social y la educación, podríamos decir que son motivos suficientes para que los latinos estemos felices con la elección del nuevo Pastor. 


Pero aquí hablamos de otras proporciones, pues la alegría ha trascendido continentes, culturas, estructuras políticas y sociales, hasta llegar a convertirse en lo que yo catalogo euforia papal, la cual muy respetuosamente es comparable con la que produce la final de un mundial de fútbol o el concierto de un artista de talla internacional, que es aprovechada por comerciantes para mercadear toda clase de souvenirs; llaveros, camisetas, afiches, estampas, fotos, vídeos, vasos o cualquier detalle que permita recordar el gran acontecimiento. 


No es para menos que la fiebre franciscana se esté propagando, pues contrario a lo que todos esperábamos, el Papa Bergoglio desde el mismo día de su nombramiento ha cambiado hasta en los más escépticos la perspectiva que se tiene de la jerarquía eclesiástica, dando dosis de humildad, sin acudir a grandes discursos retóricos, despliegues ostentosos o protocolos para demostrar el poder. Con hechos simples, acercamiento a la gente y sencillos pero contundentes mensajes, ha desatado el fervor de los creyentes y la admiración de los no creyentes.


Desde su primera aparición en la Plaza de San Pedro y en las homilías en las que se ha dirigido a miles de feligreses, sus frases han cautivado por su sencillez: “Recemos por todo el mundo, que este camino de la Iglesia que hoy comenzamos sea fructífero”; “Caminar, edificar, confesar, las tres líneas de acción fundamentales de la Iglesia”; “humildad y servicio para ejercer el poder”; “cuando la Iglesia no camina se desmorona como un castillo de arena”; “la misericordia hace al mundo menos frío y más justo”, “responder con fe para llevar a Jesucristo a la humanidad y para traer a la humanidad a regresar a Cristo”, son algunos de los tantos mensajes que ha pronunciado Francisco I, que sin importar credo o nación han conquistado a millones de personas porque  a través de ellos se vislumbra la vocación de un líder espiritual quien con su testimonio y ejemplo de vida afrontará grandes desafíos como la relegitimación de la Iglesia para lograr más acercamiento de fieles y credibilidad en la misma, unidad interreligiosa, reformas internas  y reafirmación de la fe, entre muchas otras. 


Este Papa hallado en el fin del mundo, en el cono sur de América Latina, que cambió sus cáligas por sandalias de Pescador, viene a recordarnos que la Nueva Evangelización se construye en unidad, edificando Iglesia, aportando al desarrollo y construcción de una sociedad más humana, justa y equitativa y abriendo el corazón con humildad para dar paso al plan de Dios que no es otra cosa que la felicidad del hombre.