Columnistas

Cultura de la ilegalidad
Autor: Jaime A. Fajardo Landaeta
5 de Abril de 2013


Resulta imposible desconocer la firmeza del tejido social que han construido el narcotráfico y los grupos ilegales en las grandes ciudades como Medellín, así que ha llegado la hora de analizar con seriedad el fenómeno, en busca de alternativas.


Resulta imposible desconocer la firmeza del tejido social que han construido el narcotráfico y los grupos ilegales en las grandes ciudades como Medellín, así que ha llegado la hora de analizar con seriedad el fenómeno, en busca de alternativas.


En reciente columna de prensa el historiador y politólogo Jorge Giraldo, decano de la Escuela de Humanidades de la universidad Eafit, se refería al ocasional apoyo ciudadano prestado a bandas y combos objeto de persecución de las autoridades. Respaldo que termina en asonadas o manifestaciones de rechazo a la labor de la fuerza pública o de los organismos judiciales en algunos casos.


¿Por qué sucede esto? ¿Qué lleva a sectores de una comunidad a levantarse en contra del legítimo desempeño de las autoridades? Es evidente a veces, en Medellín, que personas o comunidades que trabajan codo a codo con la institucionalidad en la prestación de servicios básicos, en la organización social o en actividades comunitarias, a la vez compartan algunos de los objetivos de los ilegales.


Se ha dicho que lo hacen porque miembros de sus familias, allegados, vecinos o amigos están inmersos en el conflicto. O porque algunos murieron violentamente y de allí la propensión a la violencia. En otros casos se trata de hombres y mujeres que comparten a diario difíciles condiciones de vida, o que lo hicieron durante su niñez o juventud, y por ello entienden y defienden esa manera de actuar. No olvidemos que la combinación de pobreza y miseria, ilegalidad y oportunidades y construcción de tejido social han sido pan diario en las comunidades más pobres de la ciudad. 


Puede que estos sean los orígenes de tales comportamientos, y habrá que reconocerlos al momento de plantear alternativas. Lo cierto es que la institucionalidad no encuentra una respuesta muy comprometida de parte de algunas comunidades y sectores sociales al momento de hacer valer la ley. Es decir que el proceso institucional es muy débil en las comunas de Medellín, lo cual dista mucho de afirmar que no haya inversión o presencia en ellas.


Parte de estas conductas se atribuyen al legado del cartel de la droga y al influjo de Pablo Escobar, que impactaron en lo más profundo del ser social y sus organizaciones. Si bien la gente equipara el escenario de la ilegalidad con el de la institucionalidad, esta última se encuentra en desventaja en cuanto al comportamiento social.


Para poder generar respuestas claras frente a este fenómeno y consolidar la presencia institucional en los barrios y comunas de Medellín y de muchos centros urbanos, se requiere de un gigantesco esfuerzo que lleve a consolidar procesos de participación y de convivencia ciudadanas, a hacer pedagogía sobre la solución negociada de los conflictos y a generar alternativas para oponerlas a la oferta de los combos y bandas y del narcotráfico en general.


Pero también se requiere entender con exactitud lo que implica que más de una generación se haya formado en la cultura de la ilegalidad y que sienta que es allí donde puede encontrar sus propósitos de vida. Además, es necesario que las cadenas de televisión dejen de enarbolar las opciones que el crimen plantea, y participen de la cruzada por afianzar la institucionalidad entre las comunidades.