Columnistas

Reflexiones post Semana Santa
Autor: Iván Guzmán López
4 de Abril de 2013


En general, los académicos identifican a Jesús de Nazaret, conocido también como Jesús, Cristo o Jesucristo, como un predicador judío que vivió a comienzos del siglo I, en las regiones de Galilea y Judea y fue crucificado en Jerusalén


En general, los académicos identifican a Jesús de Nazaret, conocido también como Jesús, Cristo o Jesucristo, como un predicador judío que vivió a comienzos del siglo I, en las regiones de Galilea y Judea y fue crucificado en Jerusalén, en el año 30, bajo el gobierno de Poncio Pilato,  quinto prefecto de la provincia romana de Judea, entre los años 26 y 36 d.C.


En Cafarnaún, empezó a predicar la llegada del Reino de Dios. Acompañado de sus seguidores, Jesús recorrió Galilea y Judea predicando y realizando numerosos milagros que en verdad lo hacían ver ante las muchedumbres como al Hijo de Dios.  De entre los humildes del pueblo de Galilea, escogió a sus doce apóstoles (en griego, “enviados”), muchos de ellos pescadores, como lo eran los hermanos Pedro y Andrés; Juan y Santiago. Predicó en sinagogas (que era el lugar de oración, culto y estudio de los fieles judíos), en sitios públicos y en los campos, lugares estos donde se reunían muchedumbres para oír su prédica, casi toda ella entregada en parábolas y donde explicaba con sencillez el Reino de Dios. 


Mantuvo contradicciones públicas con influyentes miembros de las más importantes sectas religiosas del judaísmo, en especial con los fariseos, a quienes acusaba de hipocresía y de graves comportamientos contra principios como la justicia, la compasión y la lealtad. Su mensaje brillaba en la insistencia en el amor al prójimo y al enemigo, y daba cuenta de una estrechísima relación con Dios, a quien llamaba en arameo con la expresión familiar de Abba (Padre), y que, decía, se trata de un  Dios cercano que busca a los marginados y a los oprimidos para ofrecerles su misericordia. 


Traicionado por Judas y entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos de Jerusalén a cambio de treinta monedas de plata, Jesús fue arrestado. Llevado al palacio del sumo sacerdote Caifás, y con el concurso de falsos testigos, fue juzgado por el Sanedrín (que era la asamblea o corte suprema de 71 miembros del pueblo de Israel). Presentado ante Caifás, Sumo Sacerdote judío, de la secta de los saduceos; fue preguntado por éste si él era el Mesías, a lo cual contestó Jesús: “Tú lo has dicho”. Acto seguido el Sumo sacerdote se rasgó las vestiduras ante lo que consideraba una blasfemia y fue entonces cuando los miembros del Sanedrín escarnecieron y ofendieron cruelmente a Jesús. A la mañana siguiente, Jesús fue llevado ante Poncio Pilato,  el procurador romano. Tras interrogarle, Pilato no le halló culpable, y pidió a la muchedumbre que eligiera entre liberar a Jesús o a un conocido bandido, llamado Barrabás. La multitud, persuadida por los príncipes de los sacerdotes y los ancianos, pidió que se liberase a Barrabás, y que Jesús fuese crucificado. Pilato se lavó simbólicamente las manos para expresar su inocencia ante la inminente crucifixión y muerte de Jesús.


Ahora encontramos que a Jesús lo vistieron con un manto rojo, le pusieron en la cabeza una corona de espinas y una caña en su mano derecha. Los soldados romanos se burlaban de él, diciendo: “salud, rey de los judíos”. Obligado a cargar la cruz en la que iba a ser crucificado hasta un lugar llamado Gólgota, o “lugar del cráneo”. Tras crucificarlo, los soldados se repartieron sus vestiduras. Ese viernes, hacia las tres de la tarde, en medio de crueles sufrimientos, falleció Jesús. 


Tras la Semana Santa, donde conmemoramos justamente la vida, padecimientos y muerte de Jesús, se me antoja decir que el mundo está dando vueltas, o que, sencillamente, seguimos anclados en la época de Jesús: los recaudadores abusivos de impuestos siguen en sus cargos, los prefectos tienen hoy otra denominación, simplemente; se traiciona con absoluta frialdad, seguimos vendiendo a nuestro hermano, nos lavamos las manos, como Pilato”, las cárceles están llenas de inocentes, los “ladrones” son puestos en libertad con absoluta facilidad y miles de personas son asesinadas, tras un largo viacrucis de pobreza, humillación y desdicha. Y para colmo, ¡inocentes!


Puntada final: saludamos la llegad del nuevo Papa; nos parece que la iglesia debe ser más cercana a los oprimidos y a los marginados; más congruente con los principios de justicia, compasión y amor al prójimo, principios que tanto defendió Cristo y por los cuáles fue asesinado.