Columnistas

Construir la paz es la tarea
Autor: Dario Ruiz Gómez
1 de Abril de 2013


Un concepto fundamental de Giorgio Agamben es, el de homo sacer y que define así: “Un ser que fuese radicalmente privado de toda identidad representable sería para el Estado absolutamente irrelevante.


Un concepto fundamental de  Giorgio Agamben es, el de homo sacer y que define así: “Un ser que fuese radicalmente privado de toda identidad representable sería para el Estado absolutamente irrelevante. Esto es cuanto tiene que esconder, en nuestra cultura, el dogma hipócrita de la sacralidad de la vida desnuda y las vacuas declaraciones sobre los derechos del ser humano. Sagrado no puede tener otro significado que aquel que  posee el término en el Derecho romano: sacer es aquel que ha sido excluido del mundo de los hombres y que no pudiendo  ser sacrificado, es lícito matarlo sin cometer homicidio”. ¿Estamos reflexionando sobre el alcance de tal iniquidad? ¿Están los fines políticos por encima de la vida de un ser humano? La viñeta de Papeto en este periódico es contundente. Un periodista le pregunta a las Farc: “¿Y más o menos como de cuántos muertos se tratarían los desacuerdos pendientes?” El homo sacer desaparece en medio de una justicia que lo aparta para sus fines, pero no cesa de constituir  el interrogante moral que es, ante la ley y el Estado.


Lo que sigue a un acuerdo de paz es construir lo que fue arrasado: el Estado, la ley,  la ciudad, el campo,  ya que los nombres que les dieron significado fueron borrados por la guerra y con la paz surge algo imprevisible; lo que la guerra ocultaba, empieza a emerger con arrasadora claridad,  comienzan a escucharse  sin la necesidad de hipócritas intermediarios, las voces de los sacrificados. Si la democracia aceptara en igualdad de condiciones a sus enemigos, estaría consagrando como dueño de la paz al verdugo, pero para que haya justicia, para que al ser humano le sea restituido lo sagrado es necesario que los verdugos admitan las normas que la democracia les exige. O sea los derechos del contrario, el derecho del contrario a no estar de acuerdo con el terrorismo. ¿Estamos reflexionando sobre esto o continuamos haciendo frases ingeniosas sobre el conflicto? La tibia protesta contra algo tan terriblemente injusto como el intento de matar al doctor Fernando Londoño evidencia que no lo estamos haciendo. Y lo evidencia el hecho de que quien se atreve a señalar peligrosas inconsecuencias en estas conversaciones de paz es señalado como un “aliado de la extrema derecha”.


Es aquí donde viene otro elemento decisorio, la sinceridad para admitir una militancia que se había disfrazado por conveniencias, tal como ha sucedido con el equipo intelectual de las Farc. Mostrar el rostro es necesario cuando las organizaciones políticas como la Marcha Patriótica y el Partido Comunista han salido de la clandestinidad y ahora comenzarán en las plazas públicas a buscar esas “masas populares” de las cuales tanto se han ufanado. Es aquí donde tendrán que admitir que en una democracia es tan respetable el partido de quienes esperan a los marcianos como esa derecha cuyos argumentos nunca han admitido. Y sobre todo que las secuelas de un conflicto donde se arrasaron todos los valores de civilidad, donde se intentó dejar en ruinas a la escuela, a la universidad, ha causado severos traumas en el alma de las gentes que fueron ofendidas y por lo tanto se hace necesario pensar que la tarea de conciliación-si es que ésta puede darse algún día- supone un esfuerzo mayúsculo respecto a una nueva sociedad civil que no puede permanecer acechada por los enemigos de la humanidad.


Crear espacios de reflexión política implica la virtud civil de estar dispuesto al diálogo enfrentando las responsabilidades que se deben asumir en la medida en que, toda postguerra, suele abrir lo que se había ocultado, destapar lo que las conveniencias de los políticos habían disimulado, medir el horror de la ofensa hecha a ese ser perseguido que pareció desaparecer pero que la memoria en busca de justicia recupera ineludiblemente.