Columnistas

Conflicto y violencia
Autor: Iv醤 Guzm醤 L髉ez
26 de Marzo de 2013


Aunque estamos en Semana Santa (semana entra馻ble para aquellos que como yo, por asunto religioso o mera religiosidad, disfrutamos la cultura de la Semana Mayor y a la vez padecemos la agon韆 de Cristo), no podemos dejar de lado el clima de violencia


Aunque estamos en Semana Santa (semana entrañable para aquellos que como yo, por asunto religioso o mera religiosidad, disfrutamos la cultura de la Semana Mayor y a la vez padecemos la agonía de Cristo), no podemos dejar de lado el clima de violencia que vive Colombia (quién sabe hasta cuándo). La violencia es pan de cada día. Una de las razones: hemos confundido conflicto con violencia; nos hemos ahogado en la sencilla semántica de una y otra palabra; no hemos sido capaces de entender el conflicto como simple discrepancia o contradicción. Nunca hemos querido comprender que el conflicto es un proceso connatural a los seres humanos y sencillamente se presenta cuando tenemos formas divergentes de ver, sentir, pensar y entender el mundo y la vida, sus situaciones y sus cosas (para otras sociedades, tal vez más cultas que la nuestra, no es más que oportunidades de crecimiento). Hemos resuelto la diferencia (desgraciadamente a casi todos los niveles de la sociedad), con la violencia. No hemos podido comprender (o no hemos querido entender, anteponiendo el interés mezquino y personal a la razón), que la violencia es la máxima degradación del conflicto. 


Estos conceptos, en el fondo bastante sencillos (extrañamente ajenos a un país que se precia de culto, lleno de intelectuales, sociólogos, sicólogos, economistas, políticos, religiosos, beatas, beatos y toda suerte de “ilustrados”, que goza de una capital como Bogotá, a la que hasta hace poco se la denominaba “La Atenas suramericana”, y una ciudad como Medellín, ahora llamada “La más innovadora del mundo”), deberían ser materia de estudio en las aulas escolares, en los foros educativos, en los concejos municipales, en la Cámara, en el Senado y hasta en las iglesias mismas. 


Es necesario que nos adentremos en la semántica de estas palabras, en su diferencia radical y opuesta, pues vivimos una realidad miserable, oscura y criminal, alejada del tratamiento esperado y deseable de las contradicciones o discrepancias. El conflicto enaltece a la especie, la hace plural, la enriquece; la violencia la envilece, es la salida irracional a los problemas, sean ellos sencillos o acuciantes.


Por eso es esperanzadora la Mesa de diálogo que se adelanta en La Habana. El inminente acuerdo de paz, que parece irreversible, no obstante los palos en las ruedas puestos por los mercaderes de la violencia, nos debe traer como resultado inmediato un acuerdo de paz, cuota inicial para empezar en firme la construcción de un país distinto, próspero, feliz, ya no de la mano de la violencia y sí de la fuerza de la divergencia, del pluralismo y las ideas puestas con generosidad sobre la mesa.


A este tenor, y ante la violencia desatada por la delincuencia en Medellín, es claro que un proceso de paz abonará el camino para derrotar definitivamente el narcotráfico y la violencia de la delincuencia, que no procede del conflicto, de la diferencia, de la divergencia, sino de intereses mezquinos y criminales que pescan en río revuelto.


Esta Semana Santa es propicia para decir, una vez más, bienvenido el diálogo que construye; no a los mercaderes de la violencia. Medellín, y en general Colombia, necesitan la paz: una paz duradera, constructo racional e inteligente de la palabra conflicto. Ahora, como nunca, debemos buscar esa paz en el corazón, en la mente, en las ideas y en la diferencia que pueda hacer útil a cada colombiano.


Puntada final: felicitaciones al doctor Ramiro Márquez Ramírez, destacado justamente como el personaje del año por El Colombiano. Sin duda, el genio del Metro se podrá ir de Semana Santa con la paz que da el deber cumplido. Lo que sigue para el hijo de Ciudad Bolívar no es una “semana de pasión”; es más bien un año de reconocimientos.