Columnistas

Jesús y las oenegés
Autor: Dario Ruiz Gómez
25 de Marzo de 2013


“Nazarín” es la extraordinaria novela de Pérez Galdós. El protagonista es un sacerdote que ejerce su apostolado en un barrio miserable del Madrid de principios del siglo XX.


“Nazarín” es la extraordinaria novela de Pérez Galdós. El protagonista es un sacerdote que ejerce su apostolado en un barrio miserable del Madrid de principios del siglo XX. Nazarín cree que la palabra de Jesús solo puede alcanzar sentido viviendo entre los pobres, siendo uno de ellos, tomando conciencia del infierno del humillado, o sea enfrentando incomprensión y persecuciones por parte de la sociedad establecida. De hecho esta resolución de ser uno más entre los humillados fue lo que propició uno de los más significativos procesos espirituales del siglo XX, el de Simone Weil. Esta herencia histórica de San Francisco de Asís incorpora, en medio de la confusión creada por la vulgaridad de la opulencia, la figura del pobre como reserva fundamental de lo que supone  en medio de la injusticia, la presencia de la gracia, la prístina luz de lo incontaminado, la severa rectitud frente a los sofismas modernos de abandonar la lógica del espíritu y las razones del amor, para justificar una supuesta ciencia de la Historia; perversa y malévola concepción que llevó a justificar las pedagogías del terror, el horror de las llamadas granjas colectivas soviéticas que aquí, según la demencial propuesta del padre Giraldo e Iván Cepeda, se llamarían reservas campesinas.


Porque el pobre constituye  la demostración de que la modestia y la piedad son las verdaderas respuestas espirituales para sacarnos de nuestra abulia moral, de nuestro egoísmo y sacudir así la tentación de legitimar la falsificación de lo sagrado, los falsos apóstoles. Los pobres a quienes, luego de la muerte de su hijo, encuentra la sofisticada dama que representa Ingrid Bergman en “Europa 51”, de Rosellini, y con cuya humana solidaridad quiere compartir su vida, en una decisión que su marido, un magnate, considera una locura. El plano final cuando ella es recluida en un manicomio es inolvidable: abre la ventana y ve a los pobres, sus amigos, que desde afuera la bendicen. Camus, en su novela póstuma “El primer hombre”, recuerda que el pobre es una condición espiritual que no puede ser reducida por activistas disfrazados de redentores a simples comparsas de sus construcciones totalitaristas. Sueños, abnegación, esa presencia del verdadero orgullo espiritual que es la pulcritud, la modestia y sobre todo la predisposición para la amistad.


La concepción unidimensional de la sociología marxologista -argumentos al uso de las oenegés- reduce al pobre a un papel pasivo que este paternalismo político pretende redimir, pero sin  concederle el derecho a la palabra. Olvidan los mesías que renunciaron a Jesús aquello que gloriosamente enunció Walter Benjamin: “La esperanza solo nos es concedida por aquellos que no tienen esperanza”. Los ojos del pobre son esta esperanza, esta invitación a abandonar la impostura. Para Jesús el pobre es un destino que se comparte, no es el adoctrinado a quien se somete a nombre de una cruda utopía política. El sufrimiento es una prueba de humanidad, de humanizarse en el amor, de reconocerse en el prójimo. Infinidad de anónimos sacerdotes, de párrocos y seglares ignorados, escogieron este camino de abandono de lo superfluo, de renuncia a la soberbia de creerse salvadores para mantener viva y presente la dimensión de aquello que llamamos Comunidad. ¿Cómo pudo Camilo Torres olvidar que el amor hacia el prójimo es el único compromiso posible y empuñar un arma para matar a un soldado que, al igual que un policía, como recuerda Passolini, es el pueblo verdadero? ¿Qué queda hoy de las prédicas de esta violencia basada en el odio, en la negación de la bondad y de la misericordia sino un patético cuadro de criminales que solo dejaron  amargura? 


P.D. Tanto Human Rights Watch como la ONU han sido muy claros: no se puede llegar a la paz con impunidad sobre los criminales.