Columnistas

Ejercitar el espíritu
Autor: Omaira Martínez Cardona
25 de Marzo de 2013


A propósito de las acciones que cada vez más evidencian la humildad, sencillez y austeridad del papa Francisco, es importante destacar la necesidad de fomentar la vocación de servicio a los demás.


A propósito de las acciones que cada vez más evidencian la humildad, sencillez y austeridad del papa Francisco, es importante destacar la necesidad de fomentar la vocación de servicio a los demás. Lo que conocemos como filantropía es el trabajo voluntario y desinteresado para ayudar y mejorar la calidad de vida de personas que están en condiciones vulnerables y con necesidades básicas insatisfechas. Aunque se cree que es muy común, esta vocación filantrópica así como la inclinación hacia la formación en la vida religiosa, actualmente es escasa y se potencia cuando las personas se han fortalecido espiritualmente. 


Las actividades misionales de ayuda humanitaria que hay en todo el mundo sean de origen religioso o no, son ejemplos de que es posible colaborar con el bienestar de otros y que quien se entrega a esta labor lo hace como un estilo de vida constante y no como una práctica que solo se deja para los días santos o para ciertas temporadas del año. Solo quienes han crecido espiritualmente tienen la valentía para ejercitar cualidades y virtudes como la conmiseración, la  sencillez, la humildad y la austeridad. 


En épocas de la Conquista y la Colonia en América, las misiones evangelizadoras recorrieron todo el continente y ser misionero o dedicarse al servicio de quienes eran excluidos como los esclavos, los enfermos y los pobres era una labor quijotesca porque en todos los tiempos, la religión cualquiera que sea, no está exenta de la persecución de opositores casi siempre por intereses políticos, ideológicos y económicos. Los miembros de La Compañía de Jesús, los jesuitas fueron expulsados de muchos países -entre ellos Colombia- más de una vez, bajo el argumento de que su capacidad de movilización, su actividad intelectual, sus habilidades de autogestión y su influjo político eran nocivos e interferían en los asuntos del Estado.


A pesar de estos antecedentes, hoy es la orden religiosa masculina católica que más integrantes tiene en el mundo y que ha logrado sobrevivir a las múltiples crisis de las religiones, siendo promotores del reconocimiento de la libertad religiosa y de una educación más liberadora y humana. 


Una de las motivaciones del ideario jesuita es precisamente la espiritualidad vinculada a todas las acciones de la vida, propósito que debería ser acogido, sin temor a trascender fronteras culturales e ideológicas como lo hacen los y las  misioneras actuales -no todos religiosos- como ejemplo de entrega y  servicio a los demás, con no pocas limitaciones pero mucha convicción.  


La sencillez, humildad, moderación en el obrar y el vivir así como la solidaridad en la relación con los otros,  son características humanas que yacen más en el espíritu, en el mundo interior que constantemente está en proceso de construcción y que cada vez es menos visible en la doble moral del mundo exterior en el que giramos, donde se da más importancia a las pertenencias materiales que a las carencias afectivas. 


Aunque hay pobreza material, la más lamentable y de prolongada agonía es la del espíritu que se manifiesta en quienes atormentados reniegan constantemente de su fe cualquiera que sea. Ser pobre de espíritu es cerrar la más mínima posibilidad a las diversas maneras de ver el mundo, la vida y la felicidad; es juzgar y cuestionar en vez de valorar y actuar. Ejercitar el espíritu es el primer paso para hacer realidad cualquier propósito filantrópico y manifestar amor propio y hacia los demás.