Columnistas

La cultura de los subsidios
Autor: Pedro Juan Gonz醠ez Carvajal
19 de Marzo de 2013


De acuerdo con el Diccionario Larousse, un subsidio es un impuesto extraordinario. Prestaci髇 efectuada por un individuo para completar los ingresos.


De acuerdo con el Diccionario Larousse, un subsidio es un impuesto extraordinario. Prestación efectuada por un individuo para completar los ingresos. Y tiene como sinónimos: asignación, socorro y subvención.


De todos los anteriores, el concepto de  subvención es lo que más se parece a lo que estamos presenciando en Colombia, cada vez con mayor frecuencia en los últimos años: “Concesión de dinero efectuada a una entidad o individuo por el Estado, Ayuntamiento, etc., para fomentar una obra o un servicio de interés público”.


En el país del Sagrado Corazón, el concepto de obra o de servicio público se acomoda de acuerdo con la capacidad de lobby que tenga el interesado, y es por eso que el subsidio se está convirtiendo en una práctica que lleva a una forma de vida, lo cual hace que estemos retrocediendo rápidamente a la Era Republicana,  donde los súbditos vivían del favor del soberano de turno. 


¡Por Dios, y esto sucede en plena Globalización!


Desde la idea de Familias en Acción, que es un programa excelente, nos hemos equivocado, pues el subsidio desde su raíz, debe ser otorgado de manera temporal, mientras la situación que lo origina es superada, como en el caso de una emergencia, o de una catástrofe natural, pero no de la pobreza, si esta no ha de ser superada de manera estructural en el corto plazo. En este punto, ningún Estado posee unas arcas suficientes para poder sostener subsidios de manera indefinida o prolongada en el tiempo. Se nos están devolviendo enteritas todas las críticas que se le hacían, por ejemplo, al Gobierno de Chávez, en su estrategia de lucha contra la pobreza.  


Dice el ministro de Hacienda que “habrá que raspar la olla para poder otorgar más subsidios”, lo cual es inexacto, pues la olla está ya vacía y lo que hay qué hacer es sacar de un  lado y trasladar a otro, como en el cuento de Rafael Pombo, “Simón el bobito”, y en ese traslado, todos nos vemos afectados de alguna manera. 


Parece que se nos olvidó el impuesto temporal del 4x1000 para ayudar a fondear a las entidades financieras en medio de sus dificultades, y hoy, una vez salidas de la crisis, continúa afectando de manera directa a los contribuyentes. ¡Y no pasa nada! Yo por ejemplo, en esta época de asambleas, sigo esperando los dividendos de los bancos y entidades financieras a los cuales ayudé a salvar, en compañía de todos los colombianos.


Cada paro lleva a una mesa de negociación donde el señor vicepresidente Garzón sale como el gran conciliador, sin darnos cuenta que cada negociación implica la aparición de un nuevo subsidio insostenible, que está marcando la pauta a seguir por todos los sectores que enfrentan problemas: primero los bancos, y siguen los transportadores, los cafeteros, los  arroceros, los cacaoteros, los ganaderos, y así, cada gremio de la actividad económica. Así cualquiera logra un acuerdo.


La reflexión siguiente debe ser, ¿y por qué todos están en crisis? Pues lamentablemente la respuesta está en nuestra poquísima competitividad, que se ha visto por fin desnudada ante la firma y entrada en vigencia de los distintos TLC que a la fecha ya suman trece. 


En plena globalización, tratar de implementar una política de sustentación de precios es un absurdo que nos afectaría a todos. 


Resulta incongruente lo que sucede con los combustibles, donde Colombia es uno de los países de mayor alto costo, a pesar de ser exportadores de petróleo. Esto no lo comprende ni Mandrake. 


Recordemos a Mark Twain cuando dice: “El arte de las profecías es muy difícil, especialmente en lo que concierne al futuro”.