Columnistas

Ante los designios de Dios, respeto
Autor: Alvaro T. L髉ez
19 de Marzo de 2013


El tiempo de la gente ha transcurrido en un incesante proceso de b鷖queda de Dios, en los signos de la naturaleza, en el devenir, en adivinaciones de signos, y en tantas cosas que es in鷗il enumerarlas.


El tiempo de la gente ha transcurrido en un incesante proceso de búsqueda de Dios, en los signos de la naturaleza, en el devenir, en adivinaciones de signos, y en tantas cosas que es inútil enumerarlas. Como si se tratara de algo extrínseco a nuestra propia esencia, como si no estuviéramos en constante comunión con Él, hemos llegado a extrañar, despojar,  torturar y martirizar a seres humanos, como nosotros mismos, en patéticos intentos de hermenéutica teológica, negando la condición humana y frágil de los demás. Para los católicos, seguidores a ultranza de los postulados de Nuestro Señor Jesucristo, herederos del judaísmo, todo se reduce a un solo principio inductor: el amor. Amar es la clave, pero haciendo la interpretación correcta, pues amar, ante todo, es respetar.


En esta materia, la Iglesia ha sido más que imperfecta, aunque en los últimos tiempos ha virado hacia el propio Dios, interpretando su misión como el servicio permanente a su componente fundamental, que es la feligresía. Indudablemente que la elección de un Papa latinoamericano es la señal del rol futurista de América, no solo para el catolicismo sino como estrategia político-social de Europa que nos mira con inocultable deseo. La asunción de Francisco no es suficiente para solucionar los ingentes problemas de la Iglesia, pero debe servir para que los americanos, desde Alaska hasta la Patagonia, alcemos nuestras voces en pos de la justicia social y de ser tratados como las creaturas de Dios que somos, con derechos y dignidad.


En lo particular, innovamos, revive la esperanza. Medellín no tenía un verdadero pastor, desde los tiempos de monseñor Tulio Botero Salazar. Sus sucesores eran lejanos, alguno protegido de su propio pueblo por atemorizantes guardaespaldas; se llenaron de vicarios, para no tener que soportar el contacto con el clero y con los fieles; error craso, pues los segundos con jurisdicción, llámense vicarios, subgerentes, vicealcaldes o vicepresidentes, tienden a minimizar las buenas obras de los demás, por envidias o por celos, a apropiarse sin reatos de las ideas ajenas, a aislar al jefe. En buena hora nuestro nuevo arzobispo, nuevo porque está recién llegado a la dignidad, y porque piensa desde la vocación humanista de su ministerio, ha retomado la dirección de esta Iglesia particular de Medellín, tan importante para el mundo católico.


Las discusiones sobre asuntos puntuales como el aborto, la eutanasia o el matrimonio entre personas del mismo sexo, son una trampa. Es un hecho descubierto a partir de la lectura de las quince preguntas de monseñor Ricardo Tobón sobre la inseguridad y la miseria que nos agobia. El buen pastor se preocupa por su rebaño; cuestiona a la prensa encubridora e indolente; increpa a la Administración local; defiende a los jóvenes y a los pobres; cuestiona el papel de la propia Iglesia. Dios hace presencia entre nosotros, se revela a través del arzobispo como el defensor por excelencia de la vida y de los derechos de los vivos. La estrategia tiene que ser volver a entronizarlo, más que en la sala de la casa, en el corazón preinfartado de Medellín.