Columnistas

¡Incomparables!
Autor: Mariluz Uribe
18 de Marzo de 2013


Somos incomparables. Irrepetibles. Así como no hay dos caras, sonrisas, ni cuerpos iguales, tampoco hay cerebros, mentes, ni entendimientos iguales.


Somos incomparables. Irrepetibles. Así como no hay dos caras, sonrisas, ni cuerpos iguales, tampoco hay cerebros, mentes, ni entendimientos iguales.


Me ha tocado ver esto especialmente a través de mi trabajo como psicóloga de adolescentes en colegios:


- ¡Ay doctora, yo quiero ser la persona más inteligente del mundo! Quiero descubrir algo que no esté descubierto. ¿Qué hay por descubrir?


- Doctora, quiero ser la mujer más bella de la ciudad, que todos los hombres volteen la cabeza cuando yo paso.


- Quiero tener la mejor casa del barrio, mejor que la de mis papás y sobre todo mejor que la de mis vecinos.


Al fin pregunto:  -¿Y cómo sería esa casa?


- ¡Ah pues sería un apartamento ‘PH’, tapizado, con  jardines colgantes, cuadros famosos, baños como para Cleopatra, garajes llenos de carros último modelo... porteros buenos mozos!


- Creo que Cleopatra no se bañaba. Y en todo caso, ¿para qué te va a servir todo eso, si por ejemplo no sabes nada o nadie te quiere?


- Ah pues... quiero eso porque mis compañeritos no lo tienen y  quiero ser mejor que ellos... (Y arranca a llorar...)


- ¿Te gusta llorar? No es para tanto. Solo piensa, tus compañeros se parecen a ti en unas cosas, y en otras no, lo importante y divertido es la diferencia. Y óyeme: lo único que será tuyo siempre, es lo que  tengas dentro de tu cerebro, por lo que tengas allí vivirás feliz, la gente se enamorará de ti y etcétera. Nadie te podrá quitar eso que eres tú, porque una casa te la podrán quitar, podrá hundirse o desmoronarse. No sabes quién vivirá a tu lado. Tu belleza cambiará con el tiempo, las enfermedades y las circunstancias forjarán cambios, y tú no querrás ser menos ni sentir que no te quieren porque tu bella figura ha cambiado, o porque te ha tocado sobrevivir como sea, por ejemplo, durmiendo en el suelo. Tú serás tú y serás como eres y como quieras ser, eres dueña de ti.


Me mira con la boca abierta y ojos de incredulidad. Sigo:


- No nos comparemos, todos somos incomparables. Cada uno es él mismo, lo que trae de sus antepasados, lo que ha vivido, lo que ha aprendido, lo que ha sufrido. Y no tienes nada que envidiar a nadie, el uno tendrá algunas cualidades, el otro otras y tú otras. Si crees en los ángeles, ¿has pensado que acaso ellos miden qué tan largas y bien peinadas están sus alas? No. ¡Alzan vuelo y ya! Lo que llaman ´cielo´ para algunos será un vagar, porque allá como que no hay mucho qué hacer, pero otros pensarán ‘cómo arreglar mejor este cielo que me gané, cómo ordenar mejor las nubes, cómo preparar la fiesta de bienvenida para los recién llegados’. Así escribía mi hijo Jorge Holguín en uno de sus cuentos.


Cuando a él de pequeño lo metíamos en su camita para la siesta, gritaba furioso agarrado a las barandas: - “¡Nada es nada!” Muy sorprendidos lo veíamos arrancarse la ropa, jalarse el pelo. Hoy me doy cuenta de que era muy sabio. Tenía razón. Nada es nada: Todo es relativo, lo que para algunos es todo, para otros no existe, unos gozan con un título de nobleza y un castillo, otros gozan con su título universitario y su apartamentico de segunda. O también durmiendo en la acera cobijados por un periódico “del día siguiente”, sueñan.


Ves cómo todos somos y vivimos en formas diferentes y por lo tanto no nos podemos comparar, ni rebajarnos, ni treparnos.


Así que sonriamos delante del espejo y felicitémonos cada mañana:  ¡Soy único, mi vida es bella. No necesito ser como otros, ni tener lo que otros tienen... Voy a disfrutar de lo que soy y de lo que tengo, sin envidiar al otro o lo del otro, pues ni siquiera sé por qué estará pasando ese otro y cómo acaso él quisiera cambiarse por mí!