Columnistas

Ciudad para los de a pie
Autor: Rodrigo Zuluaga
13 de Marzo de 2013


Medellín ganó el título de innovadora y creativa, por eso hace gala de sus aspectos físicos, de su amueblamiento urbano, cultural y bibliotecario, de sus puentes y avenidas, de sus parques, de sus sistemas de transporte, de sus escaleras eléctricas


Medellín ganó el título de innovadora y creativa, por eso hace gala de sus aspectos físicos, de su amueblamiento urbano, cultural y bibliotecario, de sus puentes y avenidas, de sus parques, de sus sistemas de transporte, de sus escaleras eléctricas barriales, de sus vagones que unen el área metropolitana y llegan a sus más encumbradas cuestas. Pero cuando uno ve esta ciudad llena de automóviles, de edificios, de almacenes, de centros comerciales, de gente encorbatada que se dice exitosa, uno sabe que la ciudad alberga en sí misma otras ciudades. Una es la de los empresarios, de los negociantes, de los comerciantes, de los que venden toda clase de vehículos y también los ponen a rodar. La que funciona por el capital, porque necesita la energía del dinero y el consumismo para poder desarrollarse como ciudad, como urbe.


La otra ciudad es la de la clase media, la de los empleados y trabajadores que laboran en ella, a la que se suman los estudiantes de todos los niveles, la de los que vienen de visita, la de los turistas, la de los que la usan para sus intereses personales, la de los paseantes.


Y por último, la ciudad de los vencidos por la inequidad, la de los desarraigados, de los excluidos, esos que no saben ni sienten ningún tipo de innovación o creatividad. Esos sin empleo, sin casa, sin dinero, esos que viven en la cuerda floja, que a todo momento están a punto de caer, pero se las ingenian para seguir, para no morir intentando sobrevivir.


Para esos desposeídos es lícito robar, atracar, matar, prostituirse y prostituir a los demás; engañar, vender productos de mala calidad y esperar el momento para dar el zarpazo. Pues aquí la ciudad para los ciudadanos no existe, las actividades son perversas, hacen daño al individuo, al ciudadano. A veces ese mundo de exclusión y marginación es todavía más ostensible en algunos barrios, donde el tiempo pasa como una condena, donde las necesidades y las carencias son el pan cotidiano.


Esa ciudad que no sabe de innovación ni de creatividad, es una ciudad llena de intersticios y lugares sórdidos donde no se propicia la vida sino la muerte. Donde no se multiplican las oportunidades, sino el desasosiego y la maledicencia. Una ciudad que está en contra de los ciudadanos, que los estrangula contra sus muros para que sean devorados por la violencia y  el abandono estatal.


En esa ciudad, al hombre, a la mujer, al joven le faltan las oportunidades, el empleo, el estudio, el sosiego y la paz. Esas actividades que dan réditos para vivir, para comer, para vestir, para recrearse, para culturizarse. Por eso en ella se necesita más que todo, más que cemento y ladrillo, más que máquinas y aparatos, más espacios para el disfrute, más oportunidad para el hombre de la calle, se necesitan políticas públicas para los ciudadanos de a pie.