Columnistas

Una carta para el Arzobispo
Autor: Iván Guzmán López
12 de Marzo de 2013


El pasado viernes 1 de marzo, usted, mi querido Ricardo Antonio Tobón Restrepo, en buena hora Arzobispo de la Arquidiócesis Medellín, nos sorprendió gratamente con su comunicado, hecho de queja, amor y pena por Medellín.


El pasado viernes 1 de marzo, usted, mi querido Ricardo Antonio Tobón Restrepo, en buena hora Arzobispo de la Arquidiócesis Medellín, nos sorprendió gratamente con su comunicado, hecho de queja, amor y pena por Medellín. Su documento nos lo muestra como un ser humano sensible, lleno de angustia, preocupado, como pocos, y aquejado de un tremendo dolor de “pastor”. A propósito de su pena, es evidente que la elección de Medellín, por el Wall Street Journal, el Citigroup y el Urban Land Institute como la ciudad más innovadora del mundo, aparece en el momento preciso y ante los ojos de muchos (el que quiera ver, que vea, cabría decir), como cortina de humo (¿natural o artificial?) para ocultar que, no obstante los publicitados “esfuerzos de paz”, los “diálogos” de administraciones anteriores con los agentes del conflicto y la violencia, y las múltiples campañas mediáticas, entre ellas una que respondía al pregón de “Medellín, la más educada”, la ciudad sigue siendo la más violenta del país.


Usted razona con un inteligente dejo de ironía, propio de las mentes lúcidas y valientes: “últimamente, se ha publicitado mucho que Medellín es la más educada, que es ciudad incluyente, que es modelo de urbe innovadora. Todo eso debe ser cierto, cuando lo repiten tanto. Nos alegramos por las cosas buenas que tiene y se hacen en Medellín. Pero, igualmente, sabemos y constatamos cada día que nuestra región es la más violenta del país, que pasan los años y no logramos aprender una convivencia pacífica, que en nuestros barrios nos estamos matando”. En verdad, tonto aquel que quiera desconocer sus palabras, querido Monseñor. Lo cierto, mi admirado hijo de Ituango, es que ya llevamos muchos años de violencia; que la prédica de la no violencia se volvió simple consigna de moda y que en nuestros barrios, a la gente la siguen matando. Pero no a la gente del conflicto; no. Es a la gente humilde, a la gente inocente. A los niños, entre ellos, circunstancia que nos hace ver ante el mundo como una sociedad enferma, como una sociedad plagada de aberraciones. 


Sus preguntas, que como un bisturí debe penetrar el alma de la sociedad antioqueña y medellinense y en especial la de sus dirigentes, se deberían constituir en material de estudio y análisis para todos y en especial para los gobernantes y sus secretarios, sin importar si estos usan correa, visten bluyines, llevan corbata o lucen frac. Mientras sus preguntas gravitan en el aire y seguramente viajan hasta el cielo, por asuntos que la física conoce, causa tristeza y risa ver a los mandatarios antioqueños en funciones de matiné, vespertina y noche, haciendo esfuerzos dialécticos e histriónicos por mostrar maravillas que la realidad desmiente. Más triste y risible aún, resulta ver en estos medios a secretarios de gobierno, tratando de imitar a sus jefes, en palabras, gestos y ademanes, y presurosos en demostrar lo que no conocen, no saben y mucho menos intervienen.


Sus interrogantes, querido monseñor, llegan hasta el alma. Estos, quince en total, duelen mucho, pero contiene la clave: “¿Por qué los medios de comunicación no informan exactamente la situación de violencia que se vive en el área metropolitana de Medellín? ¿Por qué si alguien denuncia personas vinculadas con la violencia, éstas lo saben inmediatamente, exigen razones y toman represalias? ¿Por qué nadie logra hacer nada para que no se sigan vinculando niños y adolescentes a la guerra y no continúe la explotación sexual de niñas en medio del conflicto? ¿Por qué las cárceles, en no pocas ocasiones, en lugar de controlar la acción de los delincuentes son el lugar seguro para que ellos planeen y dirijan las acciones de los terroristas? ¿Por qué nadie llega al fondo de eliminar el vínculo entre narcotráfico y violencia, si, como ha dicho una fuente autorizada, el 97% de los asesinatos en Medellín se derivan del narcotráfico? ¿Por qué se sigue hablando de “micro-tráfico” cuando, según datos hechos públicos por los medios de comunicación, se trata de un “negocio” que en Medellín supera los dos billones de pesos al año e involucra a un 85% de la población juvenil de las comunas? ¿Por qué no se aprovecha mejor la inversión que se hace en educación para que ésta vaya más allá de la transmisión de datos y se ocupe de lo esencial: enseñar a vivir y a convivir?”


Duelen sus interrogantes, querido Arzobispo, pero alegra el compromiso de pastor y de cristiano, que hay en ellos. De usted, este columnista, un paisano que lo quiere y que lo admira.