Columnistas

Las preguntas de la Iglesia
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
7 de Marzo de 2013


La realidad de Medellín está reflejada en 15 desgarradoras preguntas planteadas públicamente por el arzobispo de Medellín el día 1º de marzo y que seguramente harán parte de las reflexiones en cada parroquia durante las jornadas de Semana Santa.


La realidad de Medellín está reflejada en 15 desgarradoras preguntas planteadas públicamente por el arzobispo de Medellín el día 1º de marzo y que seguramente harán parte de las reflexiones en cada parroquia durante las jornadas de Semana Santa. La preocupación del arzobispo es la misma de los padres de familia, de los educadores, de los dirigentes comunitarios de barrios y comunas, de los habitantes de la ciudad cuyas voces de zozobra no encuentran eco en los despachos oficiales de todos los niveles ni en los demás estamentos sociales con capacidad de acción y decisión.


¿Por qué los responsables de la seguridad y la convivencia de Medellín no hablan con la gente? ¿Por qué no escuchan a quienes tienen mucho que decir sobre la situación de Medellín? La voz de la Iglesia debe ser escuchada por quienes tienen la obligación –porque eso prometieron voluntariamente- de devolverle a Medellín la dignidad de la vida humana. En Medellín son escasos los llamados de atención a la autocrítica, porque la opinión pública es temerosa de recibir como única respuesta la descalificación o la estigmatización. ¿Podrá alguien salir a señalar a la Iglesia como enemiga de la ciudad por poner sobre el tapete de las discusiones públicas, como corresponde en un Estado democrático, la triste realidad de una sociedad dominada por la delincuencia, temerosa de salir a la calle para no ser víctima de maleantes y raponeros y de trabajar honradamente sin ser objeto de ‘vacunas’ y amenazas?


Las preguntas lanzadas por el arzobispo de Medellín, luego de amplias discusiones con el clero de su jurisdicción, constituyen una completa radiografía de todo cuanto sucede en la ciudad y muchos se niegan a admitirlo, así sean frecuentes los homicidios en las comunas 8 y 13, así sean intermitentes los paros  de transportadores cansados de amenazas y ‘vacunas’ y así permanezcan silenciadas informativamente las víctimas de las fronteras invisibles.


Estas preguntas son, al mismo tiempo, una interpelación a los diversos estamentos que no muestran un comportamiento acorde con la gravedad de las circunstancias: a las autoridades administrativas, a los jueces y fiscales, a la Policía Nacional, a los medios de comunicación y a la propia Iglesia. Estas preguntas invitan a informar verazmente, a proteger a los niños para que no sean víctimas ni de las armas, ni de la prostitución ni de la drogadicción, a romper los vínculos de la corrupción que permiten a los delincuentes estar informados de las denuncias que se interponen, lo que obliga a la gente a callar, así conozcan a los actores de la violencia y los vean pasearse impunemente por sus barrios.  


En muchos lugares de Medellín la Iglesia es un bálsamo para las familias despedazadas por la violencia y en otras es un dique de contención para que el sentimiento de venganza no escale el conflicto hasta proporciones inimaginables. En cada barrio hay sacerdotes y fieles que son agentes de la disuasión y que estarían complacidos de servir a la causa de la paz desde la solidaridad con las autoridades y la propia comunidad. 


Las preguntas formuladas por el arzobispo Ricardo Tobón Restrepo son, asimismo, un completo programa de trabajo para emprender, sin rodeos ni maquillajes, la gigantesca obra de la transformación social y humana de la ciudad, cuyo primer paso es la recuperación de la confianza de la sociedad en sí misma y en sus autoridades, para poder emprender la batalla por la dignificación de la vida. Y para recuperar la confianza hay que dialogar, sinceramente y sin reproches: escucharnos a nosotros mismos para poder sentir el pulso de la sociedad y buscar soluciones de consenso. Sin cálculos políticos y sin egoísmos innecesarios.