Columnistas

Los lobos y la democracia
Autor: David Roll
7 de Marzo de 2013


Arist髏eles dec韆 que el hombre es un animal social para justificar la existencia de las organizaciones pol韙icas


Aristóteles decía que el hombre es un animal social para justificar la existencia de las organizaciones políticas, pero muchos siglos después Hobbes dijo que por lo menos la existencia del Estado es necesaria realmente porque el hombre es un lobo para el hombre y hay que evitar que nos devoremos los unos a los otros. Maquiavelo también hizo referencia a los lobos, refiriéndose a los políticos que se disfrazan de ovejas para gobernar, pero alentaba a ello a los príncipes para lograr la unidad política y evitar las guerras. 


Durante milenios la humanidad tuvo dos opciones para neutralizar las bestias entre el rebaño: la invocación a divinidades protectoras y la violencia defensiva individual o colectiva. La tercera y más reciente invención contra tal peligro es la Democracia, surgida de una confianza en la capacidad de la razón humana para organizar estructuras políticas y jurídicas que mantengan contenidas a los seres humanos que intentan abusar de otros seres humanos. La administración de justicia, la división de poderes, los derechos civiles, la meritocratización de las burocracias, entre otras, son fórmulas inventadas para controlar a los hombres-lobo en las sociedades contemporáneas. Es una solución bastante ineficiente por cierto, como lo puede comprobar usted con sólo releer las noticias usuales de este mismo periódico o cualquier otro, sobre asesinatos de niños, masacres impunes, o enormes redes de corrupción política. 


La preocupación real en las democracias es hasta qué punto realmente las instituciones nos protegen de estos depredadores escondidos entre nosotros, que tienen a veces no solo cara de oveja sino un discurso democrático con el que esconden sus verdaderas intenciones. No hay que ser paranoico para saber que están en todas partes, infiltrados incluso en las instituciones creadas para neutralizarlos y en la cotidianidad de nuestras vidas, asumiendo para ellos privilegios inmerecidos, atacando por placer o codicia los logros de los demás, abusando de sus cargos pequeños o grandes, solos o en camarillas ideologizadas o no. Ahí están. 


¿Son la mayoría? De ninguna manera. Hobbes se equivocó en esa ambigüedad moral según la cual todos somos lobos, mientras que Dante Alighieri tuvo razón cuando en su Divina Comedia distribuyó claramente a los muertos en diferentes grupos de acuerdo a sus acciones, dejando en claro que una cosa son las debilidades humanas y los pequeños errores y otra la maldad en sí misma. En un paseo de Dante por el infierno en nuestros días encontraría seguramente, además de los delincuentes de todo tipo y terroristas más variados, también al político corrupto, al funcionario venal, al burócrata mediocre que abusa de sus poderes temporales, a los confabulados ventajosos, y en general a esa minoría de ciudadanos que abusan de la debilidad de las instituciones democráticas para hacer daño o tener beneficios indebidos. 


Si estos fueran los más, la democracia no duraría ni un día, porque esta se construye sobre la presunción (que es cierta y comprobable también releyendo este mismo periódico), de que el conjunto de ciudadanos rigen su acciones en general por unas normas cívicas morales y legales. Si bien a veces las personas desbordan su capacidad de autocontrol para mantenerse en ellas, no lo hacen de manera sistemática y malintencionada, y eso hace que la nave de la sociedad no se hunda. 


La clave es defender estas instituciones democráticas, por deficientes que nos parezcan, de sus verdaderos enemigos, sin exigir heroísmos, pero sí por lo menos sin dejarnos amedrentar por los gruñidos sistemáticos de los lobos al asecho. Y como en el cuento de Prokofiev, no hay que avisar sino cuando viene el lobo de verdad, porque en la maraña de falsas y a veces injustas acusaciones se esconden muchas veces los verdaderos enemigos. La malparidez, como algunas otras enfermedades, no tiene cura, pero puede ser controlada en alguna medida con algo de valor y con los mecanismos que los sistemas democráticos nos ofrecen para ello. Puede que muchas veces no funcione, pero es mejor eso que “el silencio de los corderos”.


*Profesor Titular Universidad Nacional de Colombia