Columnistas

Rachmaninov y Scriabin, 醩 espa駉les que Falla!
Autor: Olga Elena Mattei
2 de Marzo de 2013


En el segundo concierto del a駉 de la Filarm髇ica, estuvo en el podio el conocido Maestro Guerassim Voronkov, director y compositor, y frecuente invitado de nuestra Filarm髇ica y de orquestas de Rusia, Alemania, Espa馻, etc.


En el segundo concierto del año de la Filarmónica, estuvo en el podio el conocido Maestro Guerassim Voronkov, director y compositor, y frecuente invitado de nuestra Filarmónica y de orquestas de Rusia, Alemania, España, etc. La primera obra, Noches en los Jardines de España, de Manuel de Falla, comienza con largas melodías románticas en los vientos, y acentos en las arpas, en un panorama nocturno sereno y emotivo, expuesto con fluidez por la Orquesta, y que evoca el alunado jardín del Generalife. (La carátula del programa de mano lo ilustra con una genial idea, ¡convirtiendo la sombra de los pinos en un teclado blanco y negro!). Sin solución de continuidad, el primer movimiento culmina con una enérgica agitación. Voronkov exige volumen y fuerza, con cortes exactos. Sus calderones son notablemente tajantes. El segundo movimiento presenta un vals lento, de influencia francesa, (su período de París), siempre reiterando el ritmo. El tercer nocturno gira hacia el deje español marcado por los instrumentos de percusión. Surgen dúos, tríos y cuartetos de distintos instrumentos de viento, y si uno se aconcha las orejas con las cuencas de las manos puede distinguir claramente cuáles constituyen cada asociación en cada pasaje. ¡Un exquisito deleite!


La noche continúa con las Danzas sinfónicas de Rachmaninoff. El primer movimiento, que el compositor planeaba titular “El día”, fue suave, descriptivo, sereno. Un saxofón resuena con una nota de especial sonoridad. Todo el ritmo avanza en bloque. En el segundo movimiento el solista (piano) Mario Ahijado, es más enfático. El estilo es más español, aunque el programa de mano anota que algunos lo consideran el más francés. La Orquesta contesta tomando el mismo talante enfático. Los vientos resuenan con un brillo un poco estridente. Ahora el piano habla español casi agresivamente. El tercer movimiento es en su mayor parte agitado, precipitado, explosivo. El compositor hace que la orquesta hable con Dios y con el Hombre del dolor de la muerte. El exquisito romanticismo de Rachmaninov se manifiesta además con la profundidad y la exultación del sentimiento y se acrecienta con la extraordinaria riqueza de la orquestación, y la fuerza con que la percusión eleva a toda la orquesta. 


Al terminar Rachmaninoff, el solista Ahijado ofrece a su público, como ancore, de Doménico Scarlatti, la Sonata 347 del catalogo de Longo, (hay 2 listados). Esta exigente pieza le dio oportunidad para lucir el ejercicio perfeccionista y virtuoso como pianista de la escuela purista del barroco (Doménico Scarlatti fue quien más desarrolló las técnicas del teclado, incluyendo el cruce de brazos). 


La noche termina con el Poema del Éxtasis, de Alexander Scriabin. Cromatismo, impresionismo, ecos de Debussy y de Ravel. Encontramos más reminiscencias de estos franceses que en las demás obras de la noche, aunque se espere y se diga lo contrario. Y sobresalía un fuerte sabor en los diálogos de de los temas, tiñendo las armonías, las asociaciones de timbres instrumentales, al igual que las maneras de pronunciar los énfasis o los mutismos, y los pianos y fortes como crescendos excesivos. Todos los sonidos emitidos con retorcimientos volubles y contorsionados, que insinúan expresiones anímicas acentuadas. ¡Puro impresionismo! Y tuttis paroxísticos, donde Orquesta y Director, el Maestro Voronkov, suben por el ámbito espacial como una emisión volcánica sublimante, un fuego que purifica, glorifica y es exultante. La más francesa de las obras de la noche, la del este ruso sagrado que merece mayor divulgación en nuestras salas y emisoras. Y debemos mencionar con gran aplauso el solo de trompeta, de Frank Londoño, el cual presenta el tema principal y un complejo desarrollo; extraordinario en todo sentido. Y para terminar, un exultante, apoteósico, angelical, heráldicamente glorioso clímax del fínale. Fascinante la gestualización precisa, profusa y elocuente de Voronkov. En total, ¡una de las más extraordinarias y hermosas obras que hemos escuchado! Pero imposible superar la excelencia de las notas del programa de mano... y menos aún cuando nuestro espacio es limitado.