Columnistas

Tobón Mejía, nuestro artista mayor (y 2)
Autor: Delfín Acevedo Restrepo
2 de Marzo de 2013


Radicado en París y decidido ya por su inclinación a la escultura, se entregó por entero al oficio de modelar y poco a poco fue conquistando un prestigio que logró sostener cada día en forma más creciente.


Radicado en París y decidido ya por su inclinación a la escultura, se entregó por entero al oficio de modelar y poco a poco fue conquistando un prestigio que logró sostener cada día en forma más creciente. Su obra y su nombre se fueron abriendo campo en los salones parisienses a partir de 1910 a 1923, siendo postulado para el máximo galardón consistente en la muy anhelada medalla de oro. 


El escultor crea, además, al decir del ya citado Cárdenas Hernández, un número considerable de retratos de figuras históricas y personajes de su tiempo: Sucre, Pedro Justo Berrío, Epifanio Mejía, Carlos E. Restrepo, Antonio J. Cano, Rufino J. Cuervo, Rosalía Mejía de Tobón, etc. Son medallas formidables, modeladas con pasión y al ejecutarlas, como dice David D’Angers, debió sentirse “arrastrado constantemente por las emociones irresistibles que me dejaron estremecido”.


Del conjunto de monumentos elaborados por Tobón Mejía, se destacan los de José María Córdoba y Francisco Javier Cisneros, como los de mejor calidad técnica; el de Pedro Justo Berrío en Santa Rosa de Osos, donde se presenta el personaje en actitud convincente, reflexivo y sereno. A sus pies se haya una elocuente alegoría de “La Gloria” como emblema de la justicia y la ley; y el monumento a Francisco Antonio Zea en Medellín, en la plazuela que lleva su nombre y que conserva alguna similitud con el de Berrío en Santa Rosa. 


Otros de sus monumentos y esculturas que vale la pena resaltar son: La Tumba de Jorge Isaacs, en el cementerio de San Pedro en Medellín; el monumento a Silva, síntesis maravillosa del pensamiento y la tragedia del poeta suicida, mármol perteneciente al Museo Nacional de Bogotá; El Silencio, Figura para una Fuente, de anatomía exacta en todas sus partes y técnica impecable.


Es indudable que la obra de Augusto Rodín, con sus tonos de realismo romántico y lirismo sensual, fué para Tobón Mejía una obsesión desde la noche en que soñó con él. Esta obsesión de estar frente a Rodín y frente a su obra surgió cuando tuvo la oportunidad de apreciar el proceso creador de sus últimos 15 años y estudiarlo luego en el Hotel Birón. Tobón Mejía tuvo oportunidad de estrechar amistad con Rodín y departir el ambiente cultural y artístico que lo rodeaba. Fue su discípulo y asimiló en muy buena parte el talento y la influencia del artista francés.


En aquella lucha entre la belleza y la escasez, como transcurría la vida del escultor antioqueño en 1911, y así lo anota el expresidente Carlos E. Restrepo, se recibió en el Ministerio de Relaciones Exteriores una solicitud de la colonia colombiana residente en París, pidiéndole al gobierno que en alguna forma ayudara al artista a mejorar su precaria condición económica.


Atendiendo a esta apremiante solicitud, el gobierno designó a Tobón Mejía como Cónsul General en Génova, Italia y allí se consagró con esmerado escrúpulo a cumplir sus obligaciones diplomáticas, sin descuidar el estudio del gravado y la escultura.