Columnistas

Provincia y provincianos
Autor: Dario Ruiz Gmez
25 de Febrero de 2013


Una cosa es vivir en provincia, aclaraba un amigo, y otra, ser un provinciano.


Una cosa es vivir en provincia, aclaraba un amigo, y otra, ser un provinciano. Quería establecer la diferencia entre vivir en un pequeño pueblo, sometido a los prejuicios de tradiciones sociales,  congeladas en el tiempo, reacias a asumir la problemática de la modernidad, aceptando sumisamente la escala de valores que imponen las oligarquías del dinero, de la tierra, ante el hecho de que ya no hay centros hegemónicos como lo fueron las grandes capitales europeas del siglo XIX, de que internet nos ha colocado en el mundo, de que la información que recibimos no está  mediatizada por la censura local, de que contamos ya no con una tradición momificada sino con infinitas tradiciones que pueden enriquecer nuestros criterios y cotejarnos para emanciparnos de  las desuetas tiranías mantenidas por los endogámicos poderes locales. Porque es un hecho que las circunstancias, tal como lo comprueba la democratización de la moda, han cambiado y hoy, por ejemplo, el fasto de una boda guarda idéntico brillo en su pedrería, ya en la de un alto empresario que en la de un importante político o la de un ‘traqueto’.


El provincianismo nace de la estrechez mental con que se mira la realidad, presumiendo que al tener un poder local, ya se es el ombligo del mundo y se vive en el mejor país, la mejor ciudad. Provincianismo de nuestras llamadas clases dirigentes temerosas de  lo que signifique una apertura al mundo, a una necesaria renovación de nuestra cultura y de nuestra vida política, anclados furiosamente en lo que consideran sus privilegios exclusivos. ¿No es esto lo que ha impedido la autonomía necesaria de las regiones? O sea ¿la representatividad ciudadana a través de concejos, asambleas, la Cámara y el Congreso? Porque el carácter endogámico de este provincianismo deriva rápidamente hacia un regionalismo epidérmico, hacia un vernaculismo carente de vocación hacia lo universal, lo que en términos políticos supone la persistencia del caciquismo y la negación del derecho del ciudadano a la modernidad.


¿No sentimos que el provincianismo agobia hoy la vida política y social del país a pesar de los TLC  y de una supuesta prosperidad económica? Abrir las fronteras de un país hacia el comercio, hacia los grandes shows musicales ¿no implica la tarea previa de contar con una vida pública más contemporánea? ¿Con escenarios urbanos que hacen parte del patrimonio ciudadano? ¿No sentimos que nuestra clase dirigente es cada día más provinciana tal como lo comprueban esos estallidos de nacionalismo barato donde la propaganda pagada nos pretende decir que estamos viviendo en un paraíso, que nuestras ciudades son las más desarrolladas y hermosas cuando en realidad se están convirtiendo en verdaderos infiernos en manos de la delincuencia? El lastre de esta mediocridad se ha apoderado de todas las instancias de la vida nacional, del alto empresario, del profesor universitario, del periodismo, de la tv, de la justicia. Y  la vida se deshumaniza a pasos gigantescos. -¿A quién conmueve el descuartizamiento de unos niños, el minado de los campos?- mientras el simulacro social de los nuevos ricos destruye los afectos, las reservas cívicas sin las cuales es imposible pensar en la recuperación del Estado.