Columnistas

La perdida libertad
Autor: Pedro Juan González Carvajal
19 de Febrero de 2013


La libertad en la modernidad nace maniatada: la libertad de un individuo llega hasta donde comienza la del otro.


La libertad en la modernidad nace maniatada: la libertad de un individuo llega hasta donde comienza la del otro. Para un mundo civilizado, donde la coexistencia con respeto entre los miembros sea la consigna y el resultado obtenido, las restricciones auto impuestas para limitar el ejercicio de la libertad se comprenden, se aceptan y se reconocen como válidas.


Contratos sociales, Estados garantes, imperio de la ley, poderes que se auto controlan, son los grandes logros occidentales a partir de la Revolución Francesa.


Voltaire invita y reivindica el ejercicio de la tolerancia, los ámbitos civiles y religiosos se separan, y por algunos momentos de la historia parece que al menos de manera teórica un Camelot puede ser posible en la realidad.


Sin embargo, hoy por hoy, la libertad es cada vez más restringida, tanto en el orden internacional como al interior de los Estados. Restricciones al libre desplazamiento de las personas, seguimientos posibles e intromisiones en la intimidad de las personas soportados en los avances tecnológicos, aranceles, cánones aduaneros y asuntos de seguridad fronteriza son permanentemente empleados, máxime cuando de manera pragmática se ha creado y se promociona un “enemigo planetario”, visto desde Occidente, ya sea que se hable del comunismo, ya sea del narcotráfico, ya sea del terrorismo, empleados siempre para justificar acciones para restringir la libertad, ya en el orden interno con los “enemigos del Estado”, donde el miedo vuelve a ser colocado como uno de los medios más eficaces para minar voluntades y esperanzas. Se consolida la figura del “Gran Hermano”.


En lo interno, las numerosísimas leyes, casi todas inocuas, la enorme cantidad de normas y procedimientos, la necesidad de demostrar qué actos y eventos son ciertos a partir de paz y salvos, verificaciones y validaciones, hacen de la vida cotidiana un complejo esfuerzo por superar obstáculos. 


Rousseau debe estar preocupado y Nietzche debe estar furioso.


Ante las nuevas circunstancias, la gente en su gran mayoría se refugia en posturas “políticamente correctas”, comentarios medidos, individualismos extremos, egoísmos crecientes y se producen fracturas sociales que ponen desde adentro en riesgo a la propia civilización.     


Los medios de comunicación enmudecen o se alinean ante los actores que controlan el poder económico y político. La academia comenta sin compromiso y además sin propuestas y los grandes logros y conquistas conseguidas a través de las centurias, parece que se diluyen ante los nuevos condicionantes planetarios.


La educación no educa, la justicia no aplica justicia, las autoridades legales pierden el control, y en medio de un maremágnum de acontecimientos, el concepto de gobernabilidad se diluye, agravado por el flagelo de la corrupción.


La inseguridad a lo largo y ancho del planeta crece como verdolaga en playa y la credibilidad en la real capacidad del Estado para coordinar las actividades de todo tipo de las distintas naciones, en caso de que existan, está hoy en el ojo del huracán.


Las democracias evidencian su debilidad y el autoritarismo vuelve a hacer su reaparición cíclica, con todas las consecuencias que se conocen a lo largo de la historia.


¿Es esto lo que hemos construido o es esto a donde nos han empujado? Para peor, ¿es esto lo que queremos?


Solo una ciudadanía plenamente consciente de sus deberes y de sus derechos con respecto a sí misma, a la sociedad y al Estado, podrá buscarle salidas a este nuevo galimatías.


Recordemos a Irwing cuando dice: “Las grandes mentes tienen propósitos, el resto, sólo deseos”. 


Posdata: Qué gran ejemplo nos dan Benedicto XVI y la Reina Beatriz de Holanda.