Columnistas

Las mentiras de la guerra
Autor: Jorge Arango Mej韆
10 de Febrero de 2013


Se ha dicho que la primera v韈tima de todas las guerras es la verdad. Nada m醩 cierto. Veamos.


Se ha dicho que la primera víctima de todas las guerras es la verdad. Nada más cierto. Veamos.


Hitler hizo de la mentira una de sus armas preferidas. Aun antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, ocultar la verdad, desfigurar los hechos o exagerar la capacidad bélica de Alemania, fue una  costumbre, un vicio. Por ejemplo, en vísperas de la anexión de Austria, en 1938, convenció a Europa de que el ejército alemán estaba completamente organizado y disponía de un armamento superior al de todos los demás. La historia demostró que todo eran bravuconadas. En el verano de 1940 anunció que la invasión de la Gran Bretaña –la operación “León Marino”-  solamente tomaría unas semanas, y comenzaría con la destrucción de Londres y de otras ciudades. Al final las amenazas resultaron muy superiores a la realidad. Goebbels, uno de sus discípulos más aventajados, fue un mago de la propaganda basada en falsedades. Basta recordar algunos de sus “Once principios de la propaganda.” Estos son: “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan…”; “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente… Si una mentira se repite lo suficiente, acaba por convertirse en verdad.”


En consecuencia, nada raro tiene que en Colombia el gobierno y los bandoleros de las Farc desfiguren la verdad a cada rato. Sobran los ejemplos, de parte y parte.


Éstas son dos de las afirmaciones mentirosas (exageradas, para usar un eufemismo) de representantes del gobierno: “Al final de este año, no habrá una mata de coca en el Caquetá”; “Antes de seis meses, las Farc estarán completamente derrotadas”.


Las de las Farc son tantas, que es difícil escoger: “No tenemos secuestrados…”;  “Ya no utilizaremos el secuestro como arma…”; “No somos narcotraficantes”; “Defendemos a los campesinos…”; “Nunca hemos adquirido tierras por la fuerza…”.


Lo anterior pone de presente la mayor dificultad de los intentos de acuerdo de La Habana: nadie cree a nadie. Los que están fuera de la ley,  piensan que el gobierno tiene unas finalidades inmediatas, politiqueras: la primera, asegurar la reelección de Santos. Y que en la medida en que se acerque noviembre -plazo que el propio presidente señalara-, se ablandará la posición de los representantes del Estado. Así, van a templar la cuerda al máximo, corriendo el riesgo de romperla.


El gobierno, por su parte, está prácticamente en un callejón sin salida. El proceso de paz se ha vuelto un factor más en la competencia por la sucesión presidencial. Es imposible prohibirle a la gente que opine sobre él. Piénsese en el castigo de los responsables de crímenes atroces. ¿Es sensato exigirles a los colombianos que permanezcan callados, completamente resignados, mientras se negocia la impunidad total para quienes cometieron –y siguen cometiendo- delitos imperdonables?


Una paz acordada sobre el perdón y el olvido, a partir de la premisa falsa de que la culpa fue de todos y que a nadie se juzga ni se condena, es falsa, deleznable. Eso fue lo que aconteció en 1957: se echó tierra sobre centenares de miles de muertos, se repartió el poder entre los dos partidos tradicionales, y la nación entró en una especie de letargo, sobre la base de que la lucha electoral quedaba como un asunto interno de cada partido. Eso frenó los cambios que el país reclamaba y necesitaba.


Así se explica el que Carlos Lleras Restrepo no hubiera podido realizar una verdadera reforma agraria. Y que lo conseguido en su administración, se frustrara con el Acuerdo de Chicoral, apenas comenzado el mandato de Misael Pastrana. Reforma que no hará este gobierno, por más que derroche en propaganda.


Sobre el Deportes Quindío.- Hernando Ángel está en mora de restituir al Municipio de Armenia, el bien que tiene en comodato y que pertenece a aquél. Y no tiene una razón jurídica para retenerlo. Y la alcaldesa Valencia no tiene camino distinto al de cumplir la ley y exigir la restitución. ¡Que no se equivoquen!  Ya no es tiempo de hacer negocios de última hora, siempre sospechosos. Que el equipo vuelva al Municipio, su único dueño: y sin dar nada a cambio.