Columnistas

La palabra y la patria
Autor: Alvaro T. López
5 de Febrero de 2013


Nada compensa la lectura de un texto con contenido, bien hecho y correctamente escrito. La escritura ha sido el medio más expedito para la reconstrucción de la historia del mundo, por lo menos desde que su protagonista principal, el hombre, apareció.


Nada compensa la lectura de un texto con contenido, bien hecho y correctamente escrito. La escritura ha sido el medio más expedito para la reconstrucción de la historia del mundo, por lo menos desde que su protagonista principal, el hombre, apareció. Narrar, comunicar, es de los oficios más antiguos. La necesidad de mantener contacto con los contemporáneos o con la posteridad, ha llevado a la existencia de las crónicas enriquecedoras encontradas por arqueólogos  e investigadores. Son datos importantes, suficientes para contradecir los sesgos de algunos historiados que se empeñan en la construcción de ídolos, en la tergiversación de los hechos para la idealización de falsos héroes o santos, para  destruir personalidades y doctrinas.


Para ser comunicador o periodista, se necesita primero tener el alma sacrificada y limpia de quien busca la verdad en favor de la gente, de su público. Hay que saberse diariamente ignorado frente a la propia maravillosa obra de una nota periodística, de una noticia, de una crónica. Hay que renunciar al yo, para satisfacer la necesidad de la información, con la convicción de quien auxilia a los constructores de civilidad y sana convivencia. Hay que dormir, comer, amar, ser padre, ser amigo, en horarios distintos de los del ciudadano común. Hay que exponer la vida y el nombre en la búsqueda de ese dato que servirá para que los otros vivan tranquilos, para que los gobernantes actúen, para que los maestros aprendan a enseñar con certezas.


Y su exposición permanente lo obliga a ser culto, con la cultura enciclopédica de antes, sabiendo un poco de cada cosa, lo suficiente como para poder iniciar la investigación para desarrollar la noticia o la crónica, con el alma abierta a la sabiduría ajena, siempre en pos de la verdad. Quien comunica debe dominar el idioma en el que pretende comunicar; debe ser consciente de que la ortografía y la ortodicción no son caprichos del hombre, sino resultado de la evolución misma del hombre; de que lo que diferencia realmente al hombre de los demás animales, es el idioma, y de que lo que diferencia al hombre del hombre culto, es el lenguaje culto; debe saber la conjugación el verbo haber, y que entre dos puntos siempre debe existir un verbo en acción.


El año pasado nos dejaron varios apóstoles del oficio de  la transmisión de noticias que, como los fundadores del periodismo en Colombia, no tenían Ph.D. en la materia, pero que fueron verdaderos maestros no solo en la enseñanza, sino en la generación de valores y conciencia entre sus discípulos. Las escuelas y facultades de Comunicación y Periodismo tienen que asumir el patriótico papel de formadores de personas superiores, capaces de recoger el testigo y llevarnos a un periodismo digno de la dignidad del hombre. Que el testimonio de esos maestros muertos, sirva como ruta para los nuevos contenidos curriculares. Nada hay más placentero que abrir la puerta y encontrarse con la prensa dispuesta a ser devorada. ¡Feliz fiesta Periodismo Colombiano!