Columnistas

Los emigrantes
Autor: Dario Ruiz Gómez
4 de Febrero de 2013


En 1958 cuando llegué a España se escuchaba una canción de Juanito Valderrama, “El emigrante”, que describía la triste situación de quienes debían abandonar a su patria para buscar en América nuevos horizontes


En 1958 cuando llegué a España se escuchaba una canción de Juanito Valderrama, “El emigrante”, que describía la triste situación de quienes debían abandonar a su patria para buscar en América nuevos horizontes, ya que su situación de miseria era insostenible. Estuvo la diáspora de los exiliados de la República derrotada y que bajo penosas condiciones cruzaron la frontera francesa o se embarcaron hacia Argentina, México y Cuba, especialmente.  Ahora el hijo de Juanito Valderrama, pero en ritmo de pop, canta esta canción que ha cobrado actualidad debido a la gran emigración de españoles causada por la crisis económica o sea por el desempleo galopante, la inseguridad en la salud y porque, sencillamente, en una sociedad líquida dominada por la economía, el pobre ya no es nada ni nadie. La viñeta de El Roto es estremecedora, un niño y una niña tomados de la mano dicen: “En la escuela se nos enseña a leer y a escribir y a escarbar en la basura”.


El emigrante es la figura de la expatriación forzosa, la imagen del abandono del Estado hacia el destino de sus ciudadanos, una diáspora brutal que cobra actualidad como imagen definitoria de una época en donde han desaparecido los territorios y las geografías bajo el peso aplastante de economías en abstracto. Sin regreso posible el emigrante debe construir, entonces, una patria imaginaria a resguardo de los poderes. La calle, el barrio, de repente frágiles imágenes de la memoria personal, son metáforas a las cuales se acude cuando la economía ha convertido en bienes de consumo lo que era y seguirá siendo un valor intangible y eterno. Las  caravanas de esclavos del siglo XIX y XX, los barcos de traficantes de esclavos, se han renovado en la dantesca trata de blancas, de adolescentes, por parte de las mafias rusas, serbias, en los pobres que cruzan la frontera norteamericana. Hoy en el desmembrado territorio de las ciudades, se producen los desplazamientos de familias y barrios enteros, la emigración interior.


¿Qué diabólico pacto se firmó entre Pastrana y Aznar para que miles y miles de colombianos fueran embarcados hacia España y disimulados entre ellos sicarios, estafadores? La España de la prosperidad no tenía tiempo de detenerse a pensar en la necesidad de acoger al inmigrante latino, africano, asiático. De plantearse, bajo su egoísmo, que existían los Otros, muchos de los cuales deambulan por pueblos y ciudades convertidos en parias, en medio de una aberrante corrupción política que, públicamente, muestra su rostro como el de una ofensiva enfermedad que se ha enquistado y que permite que los nuevos ricos pasen de largo por esta crisis. Agréguese el trasnochado nacionalismo vasco y catalán de las medias y altas burguesías, reivindicadoras de una supuesta pureza racial, sofismas que disimulan el verdadero fondo del problema, esto es, una crisis de humanidad.


Una imagen se quedó grabada en mi inconsciente, luego de mi reciente visita a España: la mirada de esos despreciados, mantenidos en los oficios más modestos, perseguidos por buscar un poco de comida, la mirada del esclavo ‘nietzcheano’ que desde sus catacumbas prepara su reivindicación, porque la sociedad que lo humilla es una sociedad envejecida, agotada pero, paradójicamente, capaz de lanzar a la diáspora a lo mejor de su propia población. “Al dejar mi tierra un día volví la cara llorando/ porque lo que más quería atrás me lo iba dejando”.